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Full text of "Luis Perez Aguirre 1991 Si Digo Derechos Humanos"

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Luis Pérez Aguirre 








Es una publicación del Servicio de Paz y Justicia (Uruguay) 
Oficina: Joaquín Requena 1642 
C.P. 11.200. Montevideo. Uruguay 
Teléfonos: 48 57 01 y 48 53 01 
Fax: (598.2) 48 57 01 
Autorizada la reproducción total o parcial 
siempre que se cite la fuente 





Si digo derechos huimos 


por Luis Pérez Aguirre 



Se terminó de imprimir en el mes de agosto de 1991 
en Gega srl - Durazno 1528 - Montevideo. 

Impreso al amparo del Art. 79 de la Ley 13 349 
Comisión del Papel 
D. L. 251.648/91 


I.S.B.N. 9974 - 564 - 00 - X 



INDICE 


Presentación 7 

El crimen organizado 11 

El desafio: superar la hipocresía 27 

El derecho insurgente 33 

Los derechos de solidaridad 41 

a) Integridad de la vida del ser humano como persona 

corporeizada 44 

b) Integridad de la vida de la persona en cuanto ser social 46 

c) Integridad de la vida del ser humano en cuanto inmerso 

en la creación 49 

Derechos ecológicos y relaciones Norte/Sur 55 

“/Las mujeres son los negros del mundo*” 59 

La mujer historia y la historia de sus derechos violados 60 

La feminización de la pobreza 65 

Lo femenino enjaulado y violado 68 

La mujer ecológica y sus derechos 71 


Conclusión 


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Si digo derechos humanos 


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Luis Pérez Aguirre 


Presentación 

Son pocas cosas las que queremos señalaren la presentación de 
este nuevo libro de nuestro compañero Luis Pérez Aguirre (“Perico"). 

Cada aparición de un trabajo suyo ha sido—para muchos — 
pero muy especialmente para el Servicio Paz y Justicia-Uruguay una 
ocasión de meditar juntosy de sentimos interpelados por supensamiento, 
midiendo nuestra práctica con sus desafiantes reflexiones. Lo que boy 
queremos resaltar son las peculiares circunstancias de salida a luz de 
este texto. Concretamente, encuentra al SERPAJ-URUGUAYen el décimo 
año de su fundación, acontecimiento que por todo lo demás tuvo en 
Perico uno de sus actores principales. 

En aquél momento, sorteando el miedo, la duda y la parálisis, 
resolvimos fundar la primera institución de derechos humanos en un 
país que ya llevaba varios años de dictadura militar y por ende, de 
consecuente y sistemática agresión ala dignidad básica delaspersonas. 
No nos corresponde en exclusividad, ni es éste el lugar, para medir lo 
hecho; sólo tenemos la sensación de que en la década transcurrida no 
hicimos más ni menos que lo que podíamos hacer. 

Si traemos a colación la peripecia de nuestra pequeña historia, 
esporquees bueno recordar. Recordar (del latín re-cordis: volverá traer 
al corazón) es lo que nos hemospropuesto este año en el SERPAJ. Por ello 
este libro nos retrotrae a aquellos momentos en que muchas cosas eran 
iniciales. Hablar de derechos humanos era algo casi inédito y no muy 


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Si digo derechos humanos 


recomendable. Desde aquel entonces, fue mucho lo hablado sobre el 
tema. Los derechos humanos llegaron hasta a ponerse de moda, y como 
todas las modas, un buen día pasaron. Seguir hablando del asunto 
parece una vana porfía. Pero sucede que por hablar solamente, la 
realidad no se transforma. Nosotros pensamos que quien desea el 
respeto a los seres humanos debe trabajar seriamente con ese propósito 
y no agotarse en declaraciones. 

El momento que nos toca vivir, como se señala en este libro, no 
es menos amargo que durante las dictaduras militares que nos asolaron 
en la década pasada. Ahora son, y cada vez más, las dictaduras del 
hambre, de la desocupación, del cólera. Por eso creemos que el retomo 
a ¡os cauces legales no ha clausurado la vigencia de la lucha por los 
derechos humanos. No ha pasado la hora, por tanto, de trabajar por 
una vida digna y pacífica con nuestras mujeres, ancianos, hombres y 
niños. 

Y para esta difícil hora de fin de siglo, este libro rescata la 
imagen de los sin rostro, los no-persona, simplemente porque ellos 
son la mayoría in crescendo del continente. Una mayoría que 
normalmente, nosotros los autores y lectores de libros, no vemos ni 
escuchamos. 

En este libro, Perico se ha concentrado en los llamados derechos 
de la tercera generación, vale decir, en los derechos de los pueblos. 
Las razones de su interés por este tema residen en la escasísima 
literatura existente al respecto. Lo que no es de extrañar, puesto que 
estamos frente a los nuevos derechos humanos, a los derechos emergentes 
—precisamente en esta hora de emergencia para América Latina —. 
Estamos hablando de derechos insurgentes, porque deben pelear su lugar 
bajo el sol de la concepción de los derechos humanos. Aún no son del 
todo reconocidos y también aquí parece haber un motivo muy claro. Los 
cambios producidos en la última mitad del siglo han alumbrado una 
nueva concepción de los derechos humanos, unos derechos que ya no 
tienen como sujeto a los individuos sino a lospueblos. Es así que al calor 


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Luis Pérez Aguirre 


del movimiento descolonizador desencadenado después de la Segunda 
Guerra Mundial, los pueblos comienzan por enarbolar su supremo 
derecho a disponer de si mismos. Y junto a ello, expresan su derecho a 
existir en cuanto comunidad organizada, su derecho a preservar y 
usufructuar su medio ambiente, su derecho a participar de un nuevo 
orden de la información y la comunicación, su derecho a acceder al 
patrimonio cultural y a los recursos naturales comunes de la Humanidad, 
su derecho a vivir en un mundo pacífico. Y finalmente, el que es 
condición de todos, su derecho al desarrollo, lo que supone consagrar 
la justicia tanto en las relaciones entre los Estados como en el interior 
de ellos mismos. 

Consideramos de especial trascendencia expandir unapoderosa 
conciencia acerca del significado, alcance e importancia de los derechos 
de los pueblos. Queremos demostrar que no se trata de problemas de 
otras latitudes, muchas veces se piensa que algunos de estos asuntos 
(feminismo, ecología, por ejemplo) si bien son cosas justas, no pasan de 
ser refinadas exquisiteces a las que habría de dedicarse una vez que se 
hayan satisfecho las necesidades “importantes ”. Pues bien, una enorme 
virtud del texto que estamos presentando estriba en mostrarla integridad 
de los derechos humanos. Nosotros reafirmamos ese principio y dejamos 
al autor la tarea de persuadir al lector (pensamos que lo hace 
exitosamente, superando por lejos la labor del mero cartógrafo, como él 
dice). 

Mientras tanto, a la par que agradecemos a Perico esta 
meditación que contribuye a fijar un horizonte lejano—pero en el que 
aún brilla la esperanza — para los derechos humanos, quisiéramos 
mantenemos fieles a nuestro empeño iniciado hace diez años, que 
nadie se insensibilice frente a la injusticia o se atemorice ante la 
arbitrariedad. Para seguir caminando hacia una vida de paz entre 
todos los hombres y las mujeres y de ellos con la Naturaleza. 


Francisco Bustamante 

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Si digo derechos humanos 


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Luis Pérez Aguirre 


El crimen organizado 

San Miguel de Colunia es una población que tiene alrededor de cinco 
kilómetros de largo por ocho de ancho. Ni una flor, ni una planta, ni 
pájaros, sin agua potable. Basura por todas partes. El suelo, saturado de 
salitre, es prácticamente impermeable. En período seco, uno vive y se 
baña en el polvo. Mientras llueve, se vive y se circula en el lodo. No 
cuesta imaginar los lugares contaminados e infectados por tierra mezclada 
de detritus y deshechos orgánicos, donde el agua está estancada bajo un 
sol plomizo y tropical. Imaginamos el olor... y doscientas mil personas 
que van todos los días como ganado a traba jar o a buscar traba jo al centro 
de la ciudad. Un promedio de doscientos mil niños se arrastran en el lodo 
y buscan su alimento entre la basura. La calle es su casa. Un solo hospital 
dentro de la zona. 

..."Un niño desnutrido comienza a perder el apetito y a sentir un 
comienzo de fiebre. Pasa un día. Después otro. La fiebre sube, el niño 
ahora rechaza la comida. Tose y sin razón aparente, su cuerpo se cubre 
de manchas de un rojo vivo. Los días siguen pasando, sobreviene la 
diarrea, la piel se seca y la erupción alcanza a los ojos provocando 
infecciones e inflamación. A fines de la segunda semana, la piel se 
descama dejando llagas abiertas. Los accesos de tos son persistentes y 
prolongados y continúa la diarrea. El niño ya no ingiere más alimento 
alguno, su organismo débil pierde agua, sales y elementos nutritivos. 


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Si digo derechos humanos 


Está deshidratado a tal punto que su sed es insoportable y es sacudido 
por accesos de tos que son demasiado débiles para limpiar sus pulmones, 
pero demasiadofuertes para los músculos de su pequeño corazón. Poco 
a poco, su trida se apaga 

¿Crimen organizado? ¿Violación de los derechos humanos? Los asesi¬ 
nos y los torturadores no se llaman General Videla o Capitán Astiz, sino 
rubéola, tétanos, tos ferina, diarrea... Que esto suceda ayer, hoy o 
mañana, matan cada día millares de niños en América Latina. 

La justicia condena a los asesinos, se juzga a los torturadores, a 
aquellos que violan los derechos humanos; pero ¿dónde están los 
verdaderos responsables de esos millares de crímenes? Y ¿quiénes son 
los responsables de esas marcas de muerte dentro del código genético 
de los millones de niños de nuestros países empobrecidos? 

Hay momentos tan graves en la marcha de la humanidad, que para 
los marginados vivir en América Latina hoy, es una tarea casi imposible. 
Es la negación misma de la prudencia, supone la negación del orden 
internacional actual, de las evidencias y de la “sabiduría” misma. Vivir 
para las no personas es un trajinar peligroso y continuo por un camino 
desconocido que está en el límite entre la vida y la muerte, entre el odio 
y el amor, entre la justicia y la opresión. 

No podemos entonces fantasear sobre lo que está en juego. No 
podemos equivocamos o trampear con las palabras. En estas circunstan¬ 
cias es muy difícil abordar el tema de los derechos humanos. Es muy 
difícil darse cuenta de los matices del vocabulario. No llamemos dere¬ 
chos humanos a aquello que no es sino un tratado de guerra escrito con 
la sangre de los humillados. Podríamos hacer creer que estamos delante 
de una reflexión clásica sobre los derechos humanos y podríamos 
terminar inflados de irresponsable utopía. En realidad este es un tema 


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Luis Pérez Aguirre 


duro, sobre el terrible asunto de cómo hacer vivir a millares de niños que 
van a morir antes de que termine este día. Es el problema de abordar el 
punto de vísta de aquellos que son desposeídos. A1 contrario de la 
concepción liberal, que centra su discurso sobre los derechos de la 
persona, nuestra concepción de los derechos humanos tiene como 
centro el no-hombre, la no-persona, la multitud pobre de América 
Latina. 

En la antigüedad los griegos llamaban a los esclavos Apropos, es 
decir, aquel que uno no ve, el sin rostro, la no persona. Es el rostro de 
los excluidos, de los marginados, de los mendigos, de las prostitutas, de 
los niños de la calle, de los homosexuales, de la sombra de los tortura¬ 
dos, de los desaparecidos y de todos los olvidados de la comunidad de 
los derechos humanos. 

¿Cómo anunciar al no-persona, a los “despersonalizados” 0) que 
tienen unos derechos humanos? ¿Cómo hablar de los derechos humanos 
a partir del sufrimiento del inocente, de la larga queja de los humillados 
y de los ofendidos por las estructuras injustas y aparentemente abstrac¬ 
tas? Preguntas que no tienen verdaderas respuestas sino de parte de los 


(1) La expresión derechos de los “despersonalizados" tiene una gran ventaja 
cuando se habla de los derechos de la mujer. Generalmente se habla de los 
derechos de los pobres, de las mujeres, de los negros, de los indígenas, de 
los homosexuales, etc. y no se repara en que debemos superar la dicotomía 
lingüística entre “mujeres” y los “pobres, los negros, los indígenas, los homo¬ 
sexuales, etc.”, como si esta convención lingüística no estuviera insinuando 
que las mujeres no son eventualmente negras, pobres, indígenas, homo¬ 
sexuales, etc. y que los negros, los pobres, los indígenas o los homosexuales 
no incluyeran a las mujeres. Es necesario tener presente que en el caso del 
derecho de la mujer en cuanto tal, es violado de manera múltiple y 
simultánea cuando se violenta su ser como persona, como raza, sexo o 
condición económica. 


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Si digo derechos humanos 


mismos pobres. También en América Latina se trata de asegurar la 
transición de un discurso de los derechos humanos que no habla a los 
pobres a una doctrina y un compromiso experimentado por ellos mis¬ 
mos. Hablar de derechos humanos no es cuestión de discurso teórico. 
Es antes que nada un estilo de vida, una manera de ser ante el azote, 
el más devastador y el más humillante, que es la situación de pobreza 
inhumana en la que viven millones en América Latina. Esta situación 
infrahumana de la no- persona viola todos los derechos humanos, pero 
al mismo tiempo felizmente ella puede también ser el lugar de una 
experiencia de liberación y de dignidad. 

En América Latina no es hora para discutir un sistema de políticas 
teóricas, ni para el cambio de estructuras abstractas, sino para la defensa 
de los derechos de la no-persona, para la lucha por los salarios, por la 
tierra y por el trabajo. Todo esto en el seno de un sistema capitalista 
mundial que se estructura y se moderniza dentro de los países ricos, 
sobre la base de las nuevas tecnologías, creadoras de desempleo en 
nuestros países y de la succión de nuestras riquezas por parte de la deuda 
externa. Los problemas no podrán ser resueltos sin la participación 
acreditada de aquellos que han sido siempre excluidos: los campesinos, 
los obreros y obreras, las etnias olvidadas, los jóvenes. Es pues la hora 
de aquella democracia que podrá un día conducimos a un sistema 
económico diferente del actual capitalismo dependiente e injusto, a un 
socialismo a redefinir,a reinventar.no a partir de ideologías sino como 
resultado de prácticas de los derechos y de la justicia de los pueblos que 
la buscan afanosamente. 

La visión de los derechos humanos que aquí presentamos tiene una 
dimensión polémica. Tiende a apartarse de la doctrina tradicional y 
también de las posiciones progresistas de Europa y América del Norte. 
Esta visión intenta inaugurar una nueva época dentro de la historia de los 
derechos humanos. Ella desea afectar toda la elaboración teórica actual 


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Luis Pérez Aguirre 


adoptando otro punto de vista que es contradictorio en relación a las 
reflexiones de los países ricos del Norte. Se desea adoptar el punto de 
tAsta de la no-persona. Se pretende que sea universal y no sectorial o 
exótica. 

Dentro de la lógica de esta toma de posición, nos es grato señalar que 
la originalidad está en el método, es decir, en nuestra manera de 
organizar la práctica de los derechos humanos. Reflexionamos a partir 
de la práctica de los derechos de lospobres que deseamos articular de una 
manera específica entre compromiso y reflexión, práctica y teoría. 

Dentro de la marcha dinámica de esta teoría de los derechos huma¬ 
nos se afirma en primer lugar la prioridad de la práctica, de la acción, del 
compromiso. En América Latina estamos ante un desafío gigantesco, el 
desafío de la no persona, del “vivo a medias” o del “medio muerto”, del 
no persona, de aquel que el orden social no reconoce como alguien que 
tiene derecho, es decir: una persona. La no-persona no cuestiona en 
principio nuestra concepción de los derechos humanos, sino nuestro 
mundo económico, social, político y cultural. También lanza un llamado 
a la transformación urgente de las bases mismas de esa sociedad 
deshumanizadora. ¿Quién oirá ese llamado? 

La única respuesta posible a este inmenso clamor de la masa de los 
despojados latinoamericanos es el compromiso por sus derechos. La 
lucha por el cambio social. Una práctica que dirija su objetivo a una 
acción colectiva transformadora, humanizadora y razonable. Que vuelva 
la historia a las manos de los no persona. 

Pero, necesariamente, esta lucha al lado de los ausentes de la historia 
desorienta al militante de los derechos humanos, le hace perder sus 
referencias habituales. En el vacío de la acción, descubre una nueva 
relación entre conocimientoy transformación. Puesto que la persona no 

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Si digo derechos humanos 


conoce verdaderamente sino aquello que hace y practica. Entonces, el 
verdadero sujeto histórico del movimiento de los derechos humanos, es 
aquel que pertenece a la masa de los explotados. Se plantea el cues- 
tionamiento de la realidad política, en el sentido moderno de la política, 
que hace de ella una dimensión englobante de la existencia humana: la 
totalidad de la organización de la vida social. 

Se necesita entone es cambiar de lugar social El lugar social es el 
punto a partir del cual uno percibe y comprende la realidad y trata de 
actuar en ella. Se necesita pasar del lugar social de las élites de los 
derechos humanos, al lugar social de los pobres. Es a partir del mundo 
de los pobres que debemos intentar leer la realidad social y comprome¬ 
ternos en su transformación defendiendo los derechos de los empobre¬ 
cidos. La Visión de los pobres y de los oprimidos de los derechos 
humanos va a ser el punto de partida y el primer criterio dentro de la 
lectura y la comprensión real del hombre y del mundo de los derechos 
humanos. Y un tal proceso de cambio no puede ser puesto en marcha 
sino por aquellos que sienten en su carne la quemadura de la injusticia 
y de la exclusión social. Gustavo Gutiérrez, el gran teólogo peruano, 
tiene razón de agregar que: “la solidaridad con el pobre y la lucha contra 
la pobreza... aparecen como una tarea titánica”. No se trata entonces de 
una adquisición definitiva sino de un proceso de conversión perma¬ 
nente. 

En suma, esos militantes de los derechos humanos, deberían nacer 
del compromiso concreto dentro de las sociedades de las cuales, no nos 
imaginamos hasta que' grado están descompuestas, explotadas, con 
hambre. Cualquiera que ha conocido aunque sea un poco América 
Latina, no ha podido sino ser sacudido por las formidables distorsiones 
sociales que marcan sus múltiples rostros, como también por el inva¬ 
riable cinismo y sadismo que caracteriza la actitud de las clases dominan¬ 
tes. Muy rápidamente aparece, que no solamente la distancia creciente 

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Luis Pérez Aguirre 


entre ricos y pobres no puede ser reducida, sino que el sistema no puede 
ser mejorado. Tiene su dinámica interna y conduce necesariamente a las 
escandalosas diferencias que cada uno puede constatar. 

La pregunta fundamental que nos hacemos es la de saber de qué 
lado uno se sitúa. O cómplice de los poderosos y ricos o solidario con 
los pobres. Más aún, dentro de las sociedades con tanta hambre, se 
descubre también que la exigencia de pan y de dignidad se afirma 
diariamente, mezclada por otro lado de un gran amor a la vida. En los 
países ricos las personas pueden sentirse satisfechas físicamente, pero 
desde aquí les vemos de tal manera pobres espiritualmente que, por 
mencionar algo, tienen más perros y gatos que niños... 

Ese problema no se presenta para las no personas, los olvidados de la 
historia. Físicamente ellos estarán totalmente desprovistos, pero tienen 
una especie de amor muy simple, muy elemental por la vida. Ellos no 
tienen necesidad de sicoanálisis. Están conectados directamente con la 
vida. 

En consecuencia, para ir al meollo del asunto, tanto en Quezalte- 
nango -Guatemala-, frente a la práctica de abominables masacres, como 
en la favela de San Miguel, frente a las muertes silenciosas por la ru beola, 
dramáticas en todas las circunstancias, se impone la afirmación solemne 
del derecho a la vida. Sí, hace falta aquí y ahora, recordar esta elemental 
exigencia de la dignidad del ser humano: que no se le arranque la vida, 
que no se le mate como a un animal. América Latina conoce campos de 
muerte, escuadrones de la muerte, prisiones llenas de hombres libres, de 
desaparecidos, pero también de hambrientos y moribundos de toda 
clase de enfermedades evitables. Por eso es necesario gritar muy fuerte 
el derecho del hombre y la mujer a la vida. 

Y es frente al espectáculo deprimente de las tierras saqueadas, frente 
a los indígenas y trabajadores, cuyo sudor irriga la tristeza, que hay que 


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Si digo derechos humanos 


afirmar el derecho a salir de la miseria. Derecho al respeto, que no se le 
prive de su aspiración a participar en su propia superación, para que 
caigan las barreras de la explotación. 

La Declaración Universal de los derechos humanos y los dos Pactos, 
adoptados por unanimidad, con autoridad jurídica, política y moral 
universal, no han sido cuestionados seriamente por parte de las naciones 
pobres del Sur. Estas son ciertamente razones para celebrar y admirar lo 
que se ha conseguido en el campo de la promoción de los derechos 
humanos durante una cuarentena de años. Pero no hay que ir demasiado 
rápido. En América Latina estamos confrontados con una realidad alar¬ 
mante: los derechos humanos están absolutamente fuera del alcance de 
las mayorías empobrecidas, fuera de propósito, o lo que es peor todavía, 
encaman un cruel cinismo para la gran mayoría de la población del 
Continente: los pobres, los marginados, los explotados, los hombres y 
las mujeres que viven en las condiciones más crueles e indignas, peores 
que aquellas de los animales en los países ricos del Norte. 

Pero atención, es terrible constatar la impavidez frente a esta situa¬ 
ción Es increíble que la realidad evidente de miseria, sufrimiento y 
violación masiva de los derechos humanos en América Latina sea 
disfrazada de realidades abstractas. 

La dimensión y la extensión masiva de las violaciones, hacen que las 
mismas tiendan a perder su poder de suscitar la indignaciónporque se 
han convertido en endémicas, a fuerza de ser frecuentes y banales. 

Estas violaciones no llegan ya a emocionar a nadie, ni a implicamos 
profundamente en la lucha por superarlas. Se es invulnerable porque se 
está protegido del impacto de esta realidad que debería motivar nuestra 
acción. Es evidente que la violación de los derechos de las no personas, 
el impacto de la miseria, no son tomados por la comunidad de los 


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Luis Pérez Aguirre 


derechos humanos como problemas relevantes de los derechos 
humanos. 

Es aquí que debemos encontrar la llave del triste resultado global de 
la puesta en práctica de los derechos humanos a favor de los marginados 
en América Latina. ¿Qué concepción de los derechos humanos hace 
llegar a esta desconcertante conclusión? ¿Quiénes son las no personas, 
los marginados de la teoría y de la práctica de los derechos humanos por 
la comunidad internacional? ¿Qué fallas de conceptualización y práctica 
de los derechos humanos han conducido a esta situación que nos impide 
actuar para garantizar los derechos de las mayorías marginadas?. 

Es absolutamente necesario que se mire de frente a ciertas falsas 
convicciones o mitos que afectan negativamente el sistema inter¬ 
nacional de los derechos humanos con un impacto devastador en 
relación con los derechos de los marginados en América Latina. 

La primera falsa convicción es que se cree posible dentro de un 
mundo internacional injusto la aplicación de los derechos humanos de 
manera armoniosa a todos los seres humanos, sin que nadie pierda y 
ganando todos. Es necesario aceptar claramente que “asegurar los 
derechos de los desposeídos se hará frecuentemente en detrimento de 
los satisfechos” (Qarence J. Dias)®. Asegurar los derechos de los pobres 
implica afectar el poder de los ricos y privilegiados que han provocado 
esta situación. La comunidad de los derechos humanos debe abandonar 
toda neutralidad e imparcialidad, imposible de mantener en relación 
con la no persona y debe colocarse al lado de los marginados. 


® DIAS, Clarence J. Pour que les exclus puissent jouir de leurs droits de 
IHomme ; Les Droits de l’Homme, 1948-1988, Colloque International, 
Quatriéme anniversaire de la Déclaration universelle, Palais de Chaillot, 8- 
9 décembre 1988, Ed. UNESCO, París p. 39- 


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Si digo derechos humanos 


Una segunda falsa convicción tiene que ver con la igualdad y el 
carácter universal de los derechos humanos que afirma que todas las 
personas gozan en teoría de derechos humanos iguales. La realidad y la 
práctica son claras en negar esto y en mostrarnos que los derechos 
humanos vienen a ser simplemente los derechos de los ricos y podero¬ 
sos y que la afirmación de sus derechos por parte de los privilegiados y 
los fuertes son siempre causa de violación de los derechos de los débiles 
y de los pobres. 

Una tercera falsa convicción, hija de una debilidad en la concep- 
tualización liberal de los derechos humanos, concierne a las necesi¬ 
dades esenciales de las personas y sus derechos económicos, sociales y 
culturales. Esta falsa convicción desemboca en un conflicto entre el pan 
y la libertad. Y la libertad es más importante, naturalmente, dentro de la 
concepción liberal de los derechos humanos. Es necesario darse cuenta 
que “sin pan la libertad de palabra, de asociación, de conciencia y de 
religión, de participación política a través del sufragio universal simbólico, 
puede revelarse existencialmente insignificante” (Upendra Baxi) (3) . Y el 
profesor Dias concluía muy sabiamente esta constatación diciendo que 
la cuestión no se plantea verdaderamente en términos de “pan y/o 
libertad en abstracto. Se trata más bien de saber quién tiene, cuánto de 
cada cosa, por cuánto tiempo, a qué precio para los otros y por qué .” (4> 
Es decir, el discurso de los derechos humanos dentro de estas condi¬ 
ciones de pobreza masiva y de no-persona, es un problema de justicia 
distributiva, de acceso a los medios y de necesidades concretas. 

Es necesario tomar en serio la ligazón entre los derechos económi¬ 
cos, sociales y culturales y los políticos y civiles. La pobreza, la violación 


W) DIAS, Clarence, Op. Cit. p. 40 
C4> Ibid. 

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Luis Pérez Aguirre 


de los derechos económicos no es fruto del azar. La soledad y el 
sufrimiento no son el fruto de la suerte o de una oscura fatalidad. La 
pobreza es deliberada, es producto de la voluntad de los hombres. La 
no-persona, el marginado y la víctima de la violación de los derechos 
humanos son producto de una injusticia y de una explotación debidas 
al ejercicio injusto y desenfrenado de los derechos de algunos. Desgra¬ 
ciadamente en Occidente la comunidad de los derechos humanos hace 
pasar a un último plano los derechos económicos y los justifica diciendo 
que ellos se deben concretar gradualmente dentro de los límites de los 
recursos de los Estados y los gobiernos. Entonces estos gobiernos 
justifican la limitación de los derechos civiles y políticos con el argu¬ 
mento de garantizar el desarrollo económico necesario a la realización 
de los derechos de la segunda categoría. Y en América Latina es 
penosamente patente que esta falsa teoría no ha asegurado ni el 
desarrollo ni los derechos humanos. 

El desarrollo fundado sobre la violación de los derechos humanos, 
sobre el crecimiento a cualquier precio, es un desarrollo perverso que 
trae como consecuencia sufrimiento para los pobres a una escala 
intolerable y que resulta en las más graves y masivas violaciones de los 
derechos humanos. Y entonces, suprema ironía y cinismo, la comunidad 
de los derechos humanos, se moviliza con programas de caridad para 
remediar el mal irreparable que ha sido hecho a las víctimas y tranqui¬ 
lizar así la propia conciencia. En lo que concierne a las víctimas, los 
marginados, ellos necesitan en primer lugar vencer el hambre, esta¬ 
blecer la justicia en las relaciones desiguales y respeto. La restitución de 
sus derechos y no una caridad paternalista que no actúa sobre las causas. 
Una ayuda que dentro del contexto Latinoamericano es arrastrada 
dentro del aluvión de la deuda externa convirtiéndose en un simple 
esparadrapo. Mientras los gobiernos cortan los presupuestos de salud y 
reducen los presupuestos para cultivos alimenticios, enviar ayuda médica 
y alimenticia está bien, pero debemos saber que eso es consumo puro. 


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Si digo derechos humanos 


Hay que trabajar sobre las causas, al mismo tiempo que paliar los efectos. 
La ayuda debe tener como objetivo de volverse inútil, pues se debe 
poner el énfasis sobre la justicia. 

El sistema actual de los derechos humanos tiene ciertas lagunas que 
deben ser llenadas por la comunidad de los derechos humanos. Su 
actual orientación liberal-individualista hace que los derechos de un 
individuo rico y pudiente, tengan prioridad sobre aquellos de vastas 
comunidades de pobres y excluidos. Es necesario extender el alcance 
del cumplimiento de los derechos humanos a los derechos de la no- 
persona, no solamente a nivel de la acción, sino también de los actos de 
omisión, pues será recién entonces que nos estaremos ocupando 
seriamente de los derechos de los pobres, de sus derechos económicos, 
sociales y culturales. 

Hay además, en mi opinión, una necesidad urgente de desarrollar 
una educación para los derechos humanos como estrategia preventiva 
a fin de impedir la violación de los derechos humanos. La educación 
para los derechos humanos aparece como una exigencia primera del 
proceso. 

En América Latina es necesario examinar de más cerca la relación 
entre la deuda y los derechos humanos. Se trata de una violencia 
estructural que ejerce una acción opresiva sobre la integridad corporal 
y la identidad de los latinoamericanos. 

Es claro para nosotros que la pobreza extrema y la dependencia 
favorecen la violación de los derechos humanos. La falta de mediosy de 
recursos impiden al pobre el gozar de sus derechos. Los programas 
actuales de desarrollo, la política del Fondo Monetario Internacional y 
de instituciones internacionales en lugar de favorecer el crecimiento 
económico y el desarrollo han tenido, en la práctica, el efecto de agravar 


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Luis Pérez Aguirre 


más el problema en vez de aligerarlo. La única solución está en la 
posibilidad de definir y de aplicar un verdadero derecho de la persona 
al desarrollo. 

Si la Declaración Universal era todavía ambigua, como se vio mejor 
cuando fue necesario elaborar y adaptar los dos Pactos de 1966, queda 
la contradicción subyacente en todos los debates entre el Norte y el Sur 
sobre los derechos humanos: el derechos a la libertad y el derecho a la 
justicia, el derecho a la palabra y el derecho a la vida y a las condiciones 
mínimas de vida, y por lo tanto al orden con todo lo que ello supone de 
obligación, de violencia que los unos y los otros aceptan de imponerse 
para que sea respetado el derecho del otro. No hay existencia humana 
sin libertad, pero tampoco hay existencia humana sin la posibilidad de 
tener acceso a los bienes o servicios necesarios al mantenimiento y 
desarrollo del ser en el mundo. La satisfacción de las necesidades 
esenciales es tan indispensable como la libertad, siendo ella,en el límite, 
irrenunciable: La libertad o la muerte, pero también la reivindicación “el 
pan y la libertad se funda en la vida más acá del límite” <5) . 

Si no hemos terminado todavía de estructurar en derecho las exigen¬ 
cias de la modernidad, si apenas hemos comenzado a explicitar el 
registro de la ética y de los valores que articulan las conciencias, la 
dinámica inmanente a la ascención humana, queda aún por explicitarse 
una ética subyacente a la lógica de los derechos humanos, desde la 
óptica de la no-persona. El hombre nuevo está por nacer tanto en 
América Latina como en Europa. 

En la actual coyuntura de los derechos humanos hay un vacío, un 
agujero negro, como estrellas extinguidas cuyas radiaciones continúan 


COSMAO, V. Spiritualité de la solidarité Internationale, Foi et 
Développement, París, n. 177, Oct. 1989, p- 3- 


23 





Si digo derechos humanos 


aún llegando, que nos desafía desde la no-persona, a encontrar la 
inspiración que nos es necesaria para franquear el muro contra el que 
nos tropezamos para garantizar la justicia a los huérfanos de los dere¬ 
chos humanos. 

La crisis del sistema revela una dimensión no solamente a nivel 
económico, político y militar sino también ético y espiritual. Este sistema 
con todo su desarrollo tecnológico y militar y sus consecuencias mate¬ 
rialistas, destructivas de la vida de América Latina, exige una respuesta 
más que económica, técnica o financiera. La muerte de las mayorías 
pobres revela no sólo un problema material, sino también un problema 
ético y espiritual. 

“Una sola miseria basta para condenar una sociedad entera. Basta 
que un solo hombre viva, o a sabiendas sea mantenido en la miseria, para 
que todo el contrato social sea nulo” (Charles Péguy) ( ®. Es por eso que 
nosotros no podemos dejar de ser insolentes cuando expresamos la voz 
de los hombres y las mujeres sin voz. Ya que estamos constantemente 
obsesionados por una misma convicción: los otros ... ¿dónde están los 
otros?, aquellos que siempre olvidamos, las no-personas... 

La paz para uno mismo es pura soledad. Entonces las conferencias 
públicas sobre los derechos humanos, los coloquios que organizamos, 
no son sino débiles medios para ayudarnos a mantenemos a distancia 
del pobre, con nuestras ideas prefabricadas y nuestros prejuicios cul¬ 
pables. Con Franz Fanón repito que “como hombre me comprometo a 
afrontar el riesgo de ser aniquilado para que dos o tres verdades arrojen 
en el mundo su claridad esencial” (7) . 


<6> Citado en Faire surgir l’Amour, Ed. Association Espoir-Colmar, 1883,p.9. 

<7) Ibid. p. 57. 

24 




Luis Pérez Aguirre 


Queda el no renegar del conflicto. Lo que nos falta es ver que el 
conflicto no es un mal, que es esencialmente constructivo: es a través del 
conflicto que reconocemos al otro y que debemos absolutamente 
asumir ese momento de tensión, de adversidad, de oposición. El 
conflicto es la oportunidad para la solidaridad. La solidaridad como 
fundamento del rechazo de la injusticia hacia el no-persona. La solidari¬ 
dad como experiencia esencial que reside en el hecho que la identidad 
de la persona, tanto en el plano individual como en el colectivo, no se 
ha dado sino en la pluralidad. Se produce allí donde los hombres y las 
mujeres se respetan y se estiman unos a otros sin considerar el color de 
la piel, su sexo, su posición social, su nacionalidad, etc. La solidaridad 
nos confronta como sujetos, funda nuestra humanidad y nos engran¬ 
dece. Ella da nacimiento al hombre nuevo cuando posibilita la vida al 
no-persona, porque lo toma en serio. 

La solidaridad nos da una cierta capacidad de “sentir hasta en las 
tripas” la miseria y el sufrimiento de la no-persona. Favorece la irrupción 
de la pasión. Nada verdadero se hace sin pasión, sin que no estemos 
profundamente implicados, vulnerables al grito de los miserables. La 
pasión es la razón de ser y el nervio del compromiso por los derechos 
de la no-persona, y la razón de los derechos humanos, que no tienen 
status ni consistencia propia más allá de la víctima y se convierten en el 
instrumento indispensable para la eficacia misma de la pasión. “La 
pasión por los pobres” y la opción prioritaria que ella impone explican 
por qué tantos militantes de los derechos humanos de América Latina 
conocen actualmente la angustia y la gloria del martirio”. 


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Si digo derechos humanos 


26 



Luis Pérez Aguirre 


El desafío: superar la hipocresía 

No hay duda que la conciencia de la humanidad en lo que respecta 
a los derechos humanos ha estado en permanente progreso. Ella se va 
plasmando con las dolorosas experiencias que hacen los pueblos y es 
fruto de un altísimo costo social. Mayor razón entonces para respetar esa 
conciencia y poner en práctica sus dictados que se han ido recogiendo 
en códigos, declaraciones, convenciones y pactos. No es casualidad que 
la primera Declaración Universal de Derechos Humanos que tenemos 
haya surgido como consecuencia de los terribles genocidios de la 
Segunda Guerra Mundial. Diciembre de 1948 marca todo un hito en la 
historia de la humanidad. Pero esa cumbre no está en el aire, sino 
asentada en una larguísima marcha de la conciencia de la humanidad 
cuyos albores los podemos rastrear en el Código de Hamurabi, también 
en el Decálogo de Moisés, luego en el Código de Ciro. 

Otro aporte indudable a esta conciencia planetaria han sido los 
Evangelios de Jesús de Nazaret. Y llegando más cerca en la historia, 
podemos mencionar la “Gran Carta"que garantizaba concesiones a los 
súbditos por parte de algunos monarcas europeos, las “Bills of Rights”, 
los Habeas Corpus, la Declaración de la Independencia de los Estados 
Unidos de América, la Declaración de los Derechos del Hombre y del 
Ciudadano de la Revolución Francesa... 


27 



Si digo derechos humanos 


En esta historia, la terminología que actualmente empleamos de 
“Derechos Humanos” no existía. Se hablaba con otros términos pro¬ 
venientes de la concepción de los derechos naturales (derechos inalie¬ 
nables, derechos inherentes, etc.), o se decía “derechos del hombre y del 
ciudadano”. 

Desde el punto de vista del tipo de derechos podemos hablar como 
de diversas generaciones de Derechos Humanos. Están los que lla¬ 
mamos de primera generación en los que se agrupan los civiles y 
políticos como inviolables, seguidos por las libertades básicas y la 
igualdad de los seres humanos. Luego podemos detectar una segunda 
generación de derechos. En ella se agrupan los derechos sociales 
económicos y culturales y ahora asistimos a una tercera generación que 
aquí nos ocupa: los llamados derechos emergentes (de los anteriores), 
o derechos de los Pueblos (como personas corporativas sujetos de 
derechos), los derechos ecológicos (o a un medio ambiente sano y 
seguro), derechos al desarrollo, etc. 

En este proceso dinámico y “generacional” del que actualmente 
somos parte no conviene olvidar que la elaboración de la actual 
Declaración Universal ha sido fruto de un enfrentamiento profundo de 
concepciones y posiciones respecto de los Derechos Humanos. Los 
gobiernos occidentales hacían hincapié en la tradición liberal-burguesa 
anteponiendo los derechos civiles y políticos (de “primera generación) 
a todos los demás. Los del área socialista, en cambio, insistían en los 
derechos económicos, sociales y culturales como condición de los 
anteriores. Y esto llevó al desgarramiento del sistema de Derechos 
Humanos en dos Pactos separados. Ello provocó que algunos gobiernos 
reconocieran y ratificaran sólo alguno de los pactos, sin reconocer el 
otro. Por ejemplo, los Estados Unidos no ratificaron el Pacto de los 
Derechos económicos, culturales y sociales por considerarlos mera¬ 
mente programáticos o aspiraciones morales. Es decir, un nivel de vida 


28 



Luis Pérez Aguirre 


(adequate standard of living and welfare) al que se debe aspirar 
progresivamente, pero no un derecho actualmente exigible. 

A pesar de esta situación, que sigue siendo rigurosamente actual, las 
naciones han llegado a formular declaraciones que apuntan a zanjar el 
enfrentamiento planteado arriba. El límite está en que por ahora son 
meras declaraciones y que si ya era difícil llevar a la práctica y garantizar 
derechos que estaban ratificados y convertidos en ley, mucho más lejos 
está una declaración de ser realidad en medio de los pueblos. 

Debemos ser claros en aceptar los límites de las Naciones Unidas en 
esta área. El mismo hecho de que las Naciones Unidas hayan producido 
en estos últimos años una cantidad bastante desarticulada y a veces 
ambigua de documentos en materia de derechos humanos nos está 
diciendo que no garantiza un efectivo resultado en este campo. Y 
cuando no se alcanza un resultado efectivo en la defensa y garantía de 
un derecho, se pasa a suplir esa limitación con meras declaraciones. 

Un caso típico de esto es la hipocresía y la ambigüedad en medio de 
la cual surge la famosa resolución 32/130 de la Asamblea General en 
1977. Si bien ella es muy importante para corregir visiones parciales y 
distorsionadas de los derechos humanos, hay que reconocerlo, es una 
suerte de transacción ante el reclamo de los paises pobres del Sur que en 
1974 si iban afirmando a través de la promoción de importantes docu¬ 
mentos relativos al Nuevo Orden Económico Internacional (NOEI), en 
los que se reconocía que la reforma del orden económico y social 
internacional era una condición necesaria y preliminar para garantizar 
muy mayor respeto de los derechos humanos. En 1977 se aprobó bajo 
la propuesta de Argentina, Cuba, Yugoslavia, Filipinas e Irán la famosa 
importante resolución 32/130 (123 votos a favor, ninguno en contra, 15 
abstenciones: Comunidad Europea, USA, Canadá, Israel, Chad y Para¬ 
guay). 


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Si digo derechos humanos 


Esta resolución buscaba acordar de una vez por todas que en 
cuestiones tan importantes como son las relativas a los derechos huma¬ 
nos, no se pueden hacer lecturas “metafísicas y abstractas” de la realidad. 
Se debe siempre tener presente la abismal diferencia que existe entre los 
Estados ricos e industrializados del Norte y aquellos empobrecidos y “en 
vías de desarrollo” (otro eufemismo inventado por las Naciones Unidas), 
aplicando entonces distintos parámetros de evaluación. 

En la declaración se expresa claramente la necesidad de afrontar las 
razones últimas, las causas verdaderas de tantas violaciones a los 
derechos humanos. Está teniendo en cuenta la llamada “violencia 
estructural” impuesta en los países pobres por la injusta distribución de 
la riqueza en el mundo. 

La resolución apunta a la necesidad de afrontar ios problemas de la 
defensa y el respeto de los derechos humanos en una concepción global 
y totalizante de los mismos. No separada y parcializada como lo está 
actualmente en la división de los dos Pactos. Pero lo que esta resolución 
oculta es el deseo que existía en los países pobres de que antes de tener 
la pretensión en el Norte de enseñarles cómo deben actuar y defender 
los derechos consagrados en los instrumentos de las Naciones Unidas, 
deberían empezar por una reflexión seria y responsable para inte¬ 
rrumpir y modificar el sistema de dominación, antes directo a través de 
las colonias y ahora indirecto y sofisticado a través de un injusto orden 
económico internacional. 

Expresada la preocupación que nos causa la hipocresía de los países 
ricos, no podemos dejar de mencionar el desafío del nuevo enfoque de 
los derechos humanos que está contenido en la Resolución 32/130 de la 
Asamblea General en Diciembre de 1977. Su primer párrafo operativo 
contiene ocho “conceptos” que deberán ser tenidos siempre en cuenta 
cuando se hable de derechos humanos: 


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Luis Pérez Aguirre 


a) Todos los Derechos Humanos y las libertades fundamentales son 
un todo indivisible e interdependiente, se deberá brindar la misma 
atención y la misma consideración urgente a la implementación, pro¬ 
moción y protección tanto de los derechos civiles y políticos como de los 
económicos, sociales y culturales. 

b) Es imposible la plena realización de los derechos civiles y políticos 
sin el usufructo de los derechos económicos, sociales y culturales; el 
logro de un progreso duradero en la implementación de los Derechos 
Humanos depende de efectivas y sólidas políticas nacionales e inter¬ 
nacionales para el desarrollo económico y social, tal como se lo recono¬ 
ció en la Proclamación de Teherán de 1968. 

c) Todos los derechos y las libertades fundamentales de la persona 
y de los pueblos son inalienables. 

d) Consecuentemente, los problemas referidos a los Derechos 
Humanos deben ser examinados globalmente, teniendo en cuenta el 
contexto general de las diferentes sociedades en que se presentan. Se 
tendrá en cuenta también la necesidad de promover la dignidad de la 
persona humana al mismo tiempo que el desarrollo y bienestar de la 
sociedad. 

e) Toda aproximación al problema de los Derechos Humanos en el 
marco de la sociedad internacional deberá dar prioridad absoluta a la 
búsqueda de soluciones a las masivas y flagrantes violaciones de los 
derechos de los pueblos y personas afectadas por situaciones que 
lesionan su dignidad. 

f) Un elemento esencial para la promoción efectiva de los Derechos 
Humanos y las libertades fundamentales, al que se debe acordar priori¬ 
dad, es el establecimiento de un nuevo orden económico internacional. 


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Si digo derechos humanos 


g) Es de primordial importancia para la consolidación de los Dere¬ 
chos Humanos y las libertades fundamentales, que los Estados miem¬ 
bros asuman sus obligaciones específicas ratificando los instrumentos 
internacionales al respecto. 

h) Todos los órganos del sistema de las Naciones Unidas deberán 
tener en cuenta, en su trabajo relacionado a los Derechos Humanos y 
libertades fundamentales, la experiencia y la contribución de todos los 
países. 

La Declaración dice bien cuál es nuestra preocupación. Exige adop¬ 
tar un enfoque más estructural y global izante del que normalmente se 
emplea en la comunidad de derechos humanos. Al establecer paráme¬ 
tros de juicio no se pueden dejar de lado el derecho de los pueblos, la 
necesidad de un nuevo orden económico e informativo internacional y 
los demás derechos de tercera generación que pasaremos a analizar 
brevemente. En síntesis, es imperioso pasar de un enfoque parcializado 
e interesado de los derechos humanos (cuando no abstracto y banal a 
fuer de irreal a un enfoque global y firmemente asentado en el análisis 
de la realidad internacional cuando se tratan los derechos particulares de 
los pobres. 


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Luis Pérez Aguirre 


El derecho insurgente 

Los grupos sociales dominantes y poderosos, desde siempre, imple- 
mentaron códigos y normas de acuerdo a su interés que luego se 
volvieron imperativas para todos los que pretendían no ser excluidos o 
eliminados del contrato social. Y la sociedad contemporánea sigue esta 
misma dinámica, cultivando el mismo principio. Los derechos humanos 
no escapan a esta realidad desde que se convirtieron en códigos y 
determinaciones legales y morales. No dejan de ser resultado de los 
intereses de las naciones dominantes al que deben someterse los 
oprimidos y los dominados por la fuerza o por la necesidad. 

Mientras nosotros podemos estar orgullosos de la Declaración Uni¬ 
versal de los derechos humanos y de sus Pactos correspondientes, de las 
posteriores Convenciones sobre diferentes derechos, como el de la 
Mujer, el Niño, la abolición de la Tortura, etc., lo que en verdad agrede 
con inusual violencia ese orgullo es la vergüenza y el escándalo de 
inmensas mayorías humanas absolutamente marginadas y aplastadas 
por esos mismos derechos humanos que solo sirven a un pequeño 
grupo de privilegiados. 

Si la hipocresía de los pueblos ricos eligió su derecho como el único 
válido y universal, frente a él se levanta el derecho de los pobres que no 
puede tolerar más el privilegio y el exclusivismo de determinada 

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Si digo derechos humanos 


concepción de los derechos humanos para unos pocos privilegiados. 

Es el derecho insurgente: el derecho de los oprimidos. 

La categoría de oprimido es compleja y amplia, abarca los diversos 
tipos de pobre 2 a y de miseria -desde la miseria del hambre que mata 
hasta la falta de justicia y de derechos elementales. Abarca también todo 
tipo de discriminación, desigualdad, la falta de libertad, la degradación 
humana .Estamos hablando de algo más amplio que una clase social, que 
se define por una categoría económica, como el nivel de salario o la 
situación que tiene en la producción. La categoría pobre se define desde 
la óptica ética e histórica Por eso, al considerar los resultados de la 
producción, aparece no sólo como producto de la acumulación del 
capital, sino más bien como acumulación de la pobreza. 

Si tomamos como punto de vista, bastante común por otra parte entre 
nosotros, el de los países centrales o ricos del Norte, el proceso de la 
defensa y promoción de los derechos humanos en los países periféricos 
o pobres del Sur aparece absolutamente ininteligible. 

Para no ir muy lejos, tomando nuestra historia reciente, en la época 
que siguió a los golpes militares de la llamada Seguridad Nacional, 
cuando se institucionalizó la tortura y la “desaparición involuntaria” 
(eufemismo inventado por las Naciones Unidas), la prisión arbitraria, el 
asesinato político, etc. se gestó todo un movimiento que convergía a la 
salvaguarda de algunos derechos. 

Me refiero a los derechos civiles y políticos de los que habían sido 
despojadas las clases medias. Esto es patente si ejemplificamos con el 
caso de la tortura. La opinión pública internacional, el sistema de las 
Naciones Unidas, las organizaciones internacionales de derechos 
humanos comenzaron a movilizarse porque las víctimas tenían la 
capacidad de impactar a ese nivel, es decir, el nivel de los sistemas 

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Luis Pérez Aguirre 


centrales y privilegiados. Porque la tortura existió desde siempre en los 
países periféricos: los pobres, los niños de la calle, las prostitutas, los 
delincuentes comunes, siempre fueron torturados en las comisarías. 
Pero eran y son pobres. Por ellos no se movilizó el sistema internacional 
de derechos humanos, ni lo hace ahora tampoco. Los derechos de los 
pobres no son realmente contemplados en la concepción liberal de los 
derechos humanos. 

Las organizaciones sociales de los pobres siempre intentaron crear y 
recrear formas de lucha que llamaran la atención de los defensores de los 
derechos humanos, pero ellas no eran consideradas luchas por los 
derechos humanos. Y se organizaban en el campo de la salud, de la 
vivienda, el urbanismo, el trabajo de la tierra... es decir, de la defensa de 
la vida , de sus vidas. 

Pasado el tiempo de las dictaduras militares, de la tortura y de la 
detención arbitraria o por razones ideológicas, algunos en la sociedad 
empiezan a descubrir que no por ese paso del tiempo y el haber entrado 
en los llamados procesos de democratización, se han restaurado los 
derechos humanos. Porque esas prácticas arbitrarias y la negación de los 
derechos humanos se siguen ejerciendo contra los pobres como antes 
y durante las dictaduras militares. Y descubre también que sólo cuando 
la clase media pasó a sufrir esas violaciones que eran típicas de los 
pobres, fue cuando se despertó una conciencia de la existencia de las 
violaciones a los derechos humanos. 

Algunos empezaron a descubrir, en la lucha por los derechos y la 
dignidad de las personas, que los dictadores llamaron “subversivos”, 
que bajo el título de Derechos Humanos, se anida un conjunto muchísimo 
más amplio de derechos y de garantías que antes no eran considerados 
como tales. Descubrieron que tan fundamental como el derecho de 
expresión o de reunión, son, por ejemplo, el derecho a la vivienda digna, 

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Si digo derechos humanos 


a una alimentación suficiente, a un salario justo. Que tan exigióle es el 
derecho a no ser torturado como el derecho a no ser mantenido en la 
ignorancia. Y que si se viola uno de esos derechos se está violando o 
afectando a todos los demás. Y que si se viola el derecho de un ser 
humano, se está violando el derecho de todos los seres en cuanto parte 
de esa humanidad. Y que esos derechos a la vivienda y a la salud o al 
salario justo, por ejemplo, le son negados al 80% de la población de los 
países pobres, cuya miseria contrasta obscenamente con la abundancia 
y el despilfarro de riquezas de unos pocos ricos. 

Es más, se descubre que la marginalización de enormes sectores 
sociales lleva a incapacitarlos hasta para ejercer en forma mínima o 
elemental el derecho a la ciudadanía. Les está vedado en la práctica el 
acceso a la justicia, a la identidad. Millones de niños sobreviven en las 
grandes urbes latinoamericanas absolutamente indocumentados, como 
náufragos de los desquicios económicos y las deudas externas. 

La vuelta a los regímenes civiles mediante elecciones democráticas en 
prácticamente la casi totalidad de los países latinoamericanos ha sido 
festejada y saludada por la comunidad internacional de los derechos 
humanos. Pero este mismo proceso obligó inmediatamente a una 
reevaluación de la situación de los derechos humanos en esta parte del 
mundo. América Latina se había convertido, por decirlo de algún modo, 
durante las dictaduras en un caso de probeta para tantas y tantas 
declaraciones e instrumentos altisonantes de derechos humanos en la 
comunidad internacional. Gobiernos como el de los Estados Unidos 
(administración Cárter), la Comisión de Derechos Humanos de las 
Naciones unidas así como la Comisión Interamericana de Derechos 
Humanos empezaron a estudiar cuidadosamente la situación de los 
derechos humanos en varios países latinoamericanos. Se dio en ese 
momento lo que Juan Luis Segundo llamó “la trampa de los Derechos 
Humanos”. .Permítasenos citarlo en su parte sustancial aunque sea un 

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Luis Pérez Aguirre 


poco extenso: "...es un hecho bien conocido que, en la medida en que 
se trata de los derechos humanos más fundamentales (los que se 
refieren, por ejemplo, a la supervivencia), faltan en casi todos los países 
del mundo y en el ámbito internacional los tribunales indispensables 
para asegurar la vigencia de tales derechos. Si las dos terceras partes de 
la humanidad sufre hambre, eso indica, obviamente, una grave falta en 
el reconocimiento eficaz de los derechos humanos. Y, no obstante, a 
excepción de algunos pocos países, el hambre no puede presentar queja 
delante de ningún tribunal, ni nacional, ni internacional. 

Por otra parte, los problemas que son objeto de debate en el ámbito 
de los derechos humanos hoy en día (1977), y que dan origen a 
investigaciones y denuncias sobre la administración de la justicia en 
diversos países, por más dolorosos que sean, de hecho se limitan a casos 
mucho más sofisticados y que ocurren en proporción infinitamente 
inferior a los citados anteriormente, que atañen a dos terceras partes de 
la humanidad. Por ejemplo, el caso del tratamiento dado a los presos 
políticos. Esa proporción inversa, entre derechos humanos básicos por 
una parte, y protección jurídica y atención, por otra, ¿no indica acaso que 
estamos ya cayendo en una gigantesca trampa? ¿La declaración de los 
derechos humanos no nos está llevando a maximizar, como atentado 
contra la libertad de pensamiento o de expresión, el cierre de un 
periódico o la prisión de un escritor, y minimizar, como si fueran 
consecuencias de causas “naturales”, las condiciones económico-socia¬ 
les que producen, en una población entera la falta no sólo de expresión, 
sino también de instrucción y, por consiguiente, de pensamiento?” 

Decía también J.L. Segundo que cuando su país (Uruguay) fue 
atacado intemacionalmente por violar de modo sistemático los dere¬ 
chos humanos, y aunque sus propios derechos humanos habían sido 
violados, no obstante podía estar, en principio, de acuerdo con algunas 
respuestas que su gobierno dio a esos ataques. Especialmente cuando 


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Si digo derechos humanos 


alegaba con razón que el respeto a los derechos humanos individuales 
estaba basado en la defensa de los derechos humanos colectivos. Que, 
por ejemplo, el derecho de cada hombre a la instrucción y educación 
estaba basado en el derecho a tener un país suficientemente dotado en 
el plano económico para poder ofrecerlas —y no sistemáticamente 
explotado y robado por los mismos Estados que lo acusaban de violar 
los derechos humanos—. Que el derecho al trabajo se basaba en el 
derecho de tener un país donde el producto del trabajo pudiese tener un 
justo lugar en el intercambio internacional. Y así por el estilo. 

Segundo remataba su reflexión diciendo algo absolutamente capital: 
“Y esto me lleva a otro aspecto, quizá el más inhumano y antievangélico 
de la actual defensa de los derechos humanos. Lograron introyectar en 
nosotros mismos una culpabilidad ajena. Porque aun nosotros, en los 
países pobres, caemos en la trampa ideológica de imaginar que, por una 
tara genética de ios países latinoamericanos, todas nuestras autoridades 
son propensas a la prepotencia, al sadismo, a la tortura. Y que los países 
ricos, dotados probablemente de mejor carga genética, nos dan el 
ejemplo de cómo el hombre es respetado en sus derechos. 

Pero no se quiere ver que el costo para que ellos respeten tales 
derechos lo pagamos nosotros, con las crisis económicas y políticas 
provocadas por la explotación del planeta y que obligan a nuestros 
gobiernos a mantener un mínimo de orden recurriendo cada vez más a 
métodos bárbaros e inhumanos. Se nos acusa de no ser democráticos, 
cuando nos impiden serlo. 

Si mi país pudiese aplicar a las naciones ricas las medidas económicas 
y políticas que hoy se nos aplican, seríamos nosotros los que iríamos a 
investigar, hoy, hipócritamente, claro está, las violaciones a los derechos 
humanos en aquellos países. Lo trágico de la situación es que aquellos 
que modelan y controlan la defensa de los derechos humanos -no 


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Luis Pérez Aguirre 


obstante la buena voluntad individual, innegable- son los mismos que 
los hacen imposibles en las tres cuartas partes del planeta” <#) 

La caída de los dictadores podrá ser atribuida a numerosos y diversos 
factores, y ella, como dijimos, es siempre bienvenida y festejada. Pero 
desgraciadamente no ha significado el término de las violaciones a los 
derechos humanos. Es normal que los defensores de los derechos 
humanos escuchemos por parte de los amigos, los políticos, los educa¬ 
dores, etc. la pregunta de a qué nos vamos a dedicar ahora que ya no hay 
dictadura (!). Las organizaciones de derechos humanos se ven inmedia¬ 
tamente enfrentadas al corte de las ayudas para su trabajo por parte de 
las fundaciones internacionales y los medios de comunicación masiva 
dejan de hablar de derechos humanos. Sin embargo, el retorno de los 
gobiernos democráticos no ha significado, por desgracia, el fin de las 
violaciones a los derechos humanos. Y en muchos casos estas viola¬ 
ciones hasta son más graves aún. 

Durante los años ochenta la situación económica y social de nuestros 
pueblos se deterioró gravísimamente. Organismos económicos inter¬ 
nacionales como el Banco Interamericano hablan de la "década per¬ 
dida”. El crecimiento económico en casi todos los casos se estancó o fue 
negativo. La inversión total disminuyó. En 1989, por ejemplo, el ingreso 
per cápita en la región cayó por segundo año consecutivo al mismo nivel 
que diez años antes, que ya era pésimo. Y el fenómeno común lúe el 
desbocarse de la inflación, en algunos casos a casi el 1000%. La deuda 
externa, siempre creciente, mantiene asfixiadas a la mayoría de las 
economías de la región y la exportación neta de capitales desde nuestros 
países a los industrializados, se ha incrementado y no parece tener fin. 


SEGUNDO, Juan L. Derechos Humanos, Evangelización e Ideología, 
Revista Eclesiástica Brasileira, Marzo, 1977. 


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Si digo derechos humanos 


Además ha empeorado la distribución del ingreso que también cayó 
drásticamente y afectó los salarios reales. 

Nos podemos imaginar que esto se traduce en indicadores sociales 
de catástrofe. Altísimas tasas de mortalidad infantil, de desnutrición, 
insuficiencia absoluta en los servicios de salud y de vivienda, niveles 
educativos pésimos, fracaso de las políticas de desarrollo social. Nos 
tenemos que preguntar si en esta situación de “violación estructural” de 
todos los derechos económicos, sociales y culturales se puede proteger 
adecuadamente los civilesy políticos fundamentales, y -en ese caso- que' 
sentido tienen ellos para los pobres marginados del nivel elemental para 
considerarse persona humana. 

Además, instalar cada ciertos años casillas de votar en estas situa¬ 
ciones no asegura más que una democracia formal. Bajo estas condi¬ 
ciones, el libre disfrute de los derechos civiles y políticos es una mera 
aspiración más que una realidad con efectos reales sobre las vidas de los 
pobres. 

No podemos menos que admitir que todo esto sucede como una gran 
hipocresía en el campo de los derechos desde que el artículo 28 de la 
Declaración Universal de los Derechos Humanos establece sin equívo¬ 
cos que toda persona tiene derecho a que se establezca un orden social 
internacional en el que los derechos y las libertades proclamadas en esa 
Declaración se hagan plenamente efectivos. Pero en nuestros países, en 
los que prevalecen los pobres, los oprimidos, los marginalizados, los 
explotados, los hambrientos, los parias de los tugurios llamados imagi¬ 
nativamente “cantegriles”, “favelas”, “callampas”, “pueblos nuevos”, 
"villas miseria”..., los campesinos sin tierras, los indígenas cazados como 
en safaris, etc., difícilmente se puede aspirar ni siquiera a decir que se 
toman en serio los objetivos de la Declaración Universal y los otros 
instrumentos internacionales que la complementan. 


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Luis Pérez Aguirre 


Los derechos de solidaridad 

Desde la Declaración Universal de 1948 hasta hoy día es muchísimo 
lo que se avanzó en la conciencia de los derechos humanos. Decíamos 
arriba que existe una tercera generación de derechos que obviamente 
no están contemplados en la Carta de las Naciones Unidas. Innumerables 
Declaraciones de derechos han seguido a aquella del año 48. y la tienen 
por raíz. A modo de ejemplo recordamos la Declaración sobre las 
garantías de Independencia a los Países y Pueblos Coloniales; la De¬ 
claración sobre la Eliminación de todas las formas de Discriminación 
Racial; la Declaración sobre la eliminación de la Discriminación contra 
la Mujer; la Declaración contra la Tortura y otros tratos Inhumanos, 
Crueles o Degradantes; la Declaración sobre los Derechos del Niño, etc. 
Muchas de estas declaraciones se convirtieron luégo en Convenciones 
Internacionales, que tienen fuerza de ley en los Estados que las firmaron 
y ratificaron. 

El proceso más interesante en esta “conciencia progresiva” de los 
Derechos Humanos quizás está pautado por lo que comienza a partir de 
la famosa Proclamación de Teherán.Allí se inicia un nuevo enfoque en 
relación a los Derechos HumanosY digo nuevo enfoque porque vemos 
en esa Proclamación una aproximación a importantes asuntos globales: 
la discriminación racial y el apartheid, conflictos armados, subdesa¬ 
rrollo, analfabetismo, discriminación contra la mujer. Esa concepción 

41 




Si digo derechos humanos 


globalizante luego fue llevada más lejos en la famosa Resolución 32/130 
a la que ya hicimos mención. Poco a poco se va imponiendo -al menos 
en la teoría- una concepción “estructural” de los derechos humanos. 
Ella, más que minar la Declaración del 48, la lleva más lejos y la va 
potenciando al desentrañar lo que allí estaba meramente insinuado o en 
germen. 

En Diciembre de 1986 la Asamblea General hace la Declaración del 
Derecho al Desarrollo. Ella marca otro hito en este lento caminar de la 
conciencia de la humanidad porque establece el principio de la igualdad 
de oportunidades para el desarrollo como prerrogativa tanto de las 
naciones como de los individuos que conforman las naciones. Algo que 
ya en 1981 había afirmado la Carta Africana de los Derechos Humanos 
y de los Pueblos. 

El derecho al desarrollo, como exigencia de la justicia y de la 
solidaridad internacional, se ha convertido como el “derecho matrif (9) 
de todos los otros derechos fundamentales (Pierre de Senarclens). Es 
inherente a la universalidad de los Derechos Humanos. Debemos 
potenciar en el futuro esta imagen de un “ derecho madré' de todos los 
otros derechos. Ese derecho “madre” o matriz es tal porque está ligado 
directamente al derecho a la vida. De ahí también la importancia, entre 
los derechos llamados de “tercera generación" de los derechos eco¬ 
lógicos, es decir, del derecho al medio ambiente necesario y elemental 
para poder garantizar la vida. Y no sólo la vida de esta generación de 
pueblos, sino también la de los pueblos que vendrán. Aquí estamos ante 
la radicalidad de una solidaridad elemental, la más exigente porque no 
sólo es solidaridad con los pueblos pobres de este momento histórico, 
sino también con las generaciones que todavía no existen pero que 


,9) de SENARCLENS, Pierre, Droits de l’Homme á Strasbourg. Apres Rushdie: 

l’universalité ou ce qu ’il en reste, Journal de Genéve, 12 Sept. 1989- 

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Luis Pérez Aguirre 


tienen derecho a vivir y a que no les dejemos en herencia un planeta en¬ 
venenado e inhabitable. 

Hace ya varios siglos Francisco de Vitoria señalaba con dolor que “los 
indios mueren antes de tiempo”, y Bartolomé de las Casas afirmaba con 
fuerza indignada que “más vale un indio infiel pero vivo, que un indio 
cristiano muerto”. Ambos clamaban por el derecho a la vida. La defensa 
de los derechos humanos se hace ante todo por fidelidad a la vida, 
porque todos los seres humanos están llamados a la vida en plenitud. Es 
pea - ello que el militante de los derechos humanos luchará sin claudica¬ 
ciones porque no existan más dos clases de seres humanos, aquellos 
cuya vida tiene valor y los otros, cuya vida no vale nada... La defensa de 
la vida humana es la tarea cotidiana y permanente para quien se precie 
de humano. 

Quien pretende articular una defensa y promoción de los Derechos 
Humanos y establecer los correspondientes planes de trabajo, inevita¬ 
blemente cae en una interrogante cuya respuesta orientará sus pasos 
hacia el éxito o el fracaso de su empresa. Esa interrogante se puede 
formular de varias maneras, pero en síntesis se reduce a saber cuáles son 
los ejes, las referencias, los indicadores del caminar en esa lucha. ¿Qué 
principios o convicciones debo tener en cuenta para la tarea en Dere¬ 
chos Humanos?. 

Para responder a esta interrogante, debemos afinar la mira y apuntar 
a lo más central, lo primario y axial de la experiencia humana: la vida 
misma. Al revisar la acción de los militantes comprometidos en la 
defensa de los Derechos Humanos, vemos cómo se va produciendo una 
experiencia pedagógica al servicio de la Vida. Denunciar la violación de 
los Derechos Humanos, defender a las víctimas de esas violaciones, lleva 
implícita y explícitamente el germen de la negación de una actitud 
humana y de un sistema que suscita y provoca esas violaciones, y al 


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Si digo derechos humanos 


mismo tiempo es la afirmación de la vida violada en su integridad y de 
una nueva sociedad más justa, en la que se garantiza la integridad de la 
vida. 

En última instancia, la práctica de la defensa y promoción de los 
Derechos Humanos es una manifestación genuina de la fidelidad a la 
vida. Ella se va concretando en una verdadera pedagogía de vida que se 
desarrolla en la acción por la defensa de los Derechos Humanos. Así el 
militante de los Derechos Humanos se convierte en un educador, en un 
creador de espacios de vida, y el educador en Derechos Humanos se 
transforma en un verdadero militante de los mismos. Queda patente que 
el gran referente de la tarea educativa en el campo de los Derechos 
Humanos es la integridad de la tHda. Por razones de claridad podemos 
desplegar ese eje conductor en tres grandes dimensiones: 

a) integridad de la vida del ser humano como persona corporeizada, 
b) integridad de la vida del ser humano en cuanto ser social, c) integridad 
de la vida del ser humano en cuanto inmerso en la creación. 

No podemos pretender aquí un estudio de los contenidos abarcados 
por estas tres grandes dimensiones. Nuestra misión en este momento es 
meramente la del “cartógrafo” que está facilitando una ubicación en la 
realidad de la defensa de los Derechos Humanos. Brevemente pasare¬ 
mos a describir en espontáneas pinceladas lo que se despliega detrás de 
cada una de esas ventanas por las que miramos a la integridad de la Vida. 


a) Integridad de la vida del ser humano como persona 
corporeizada 

El núcleo de la conciencia ética de la humanidad se asienta en el 
respeto a la vida de la persona, la propia y la del semejante. De mil 

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Luis Pérez Aguirre 


maneras, con expresiones racionales o tabuísticas, sacrales o seculares, 
todos los grupos humanos han coincidido en el valor ético de la vida 
humana. Podemos decir que en torno a la vida humana se ha desarro¬ 
llado la conciencia ética de la humanidad. En la tradición judeo-cristiana, 
el imperativo “¡no matarás!” expresa de manera apodíctica y sintética ese 
valor absoluto de la vida del ser humano. Debemos entender y formular 
el valor de la vida en clave de “humanización”. La exigencia de “hu¬ 
manizar" al máximo toda vida humana está en la base del principio de 
integridad e inviolabilidad de la vida humana. A partir de esta opción 
global se articularán los derechos inalienables de la persona. Defender 
y salvaguardar la integridad de la vida humana implica comprobar y 
aceptar que el ser humano es una síntesis integral compleja, que 
requiere una explicación múltiple. Sería insuficiente recurrir y quedarse 
en una explicación de mero automatismo bioquímico disociado de la 
nervadura neuropsicológica y ésta a su vez es insuficiente para explicar 
la realidad separada de la estructura cerebral y ésta, a su vez, indepen¬ 
diente de la influencia social, del medio ambiente, de la historia, la 
cultura, etc. y viceversa. 

Tanto la hominización como la humanización han sacado al ser 
humano de la pura animalidad. Existe como cuerpo, “es cuerpo” desde 
que es inconcebible en su vivir y en su despliegue existencial sin cuerpo, 
a-corporal. La integridad de su constitución somática es una categoría 
esencial que configura e impregna todo lo que es, hace y experimenta 
la persona humana. La corporeidad es como una impregnación íntima, 
de la que no se puede enajenar nada humano jamás. La concreción 
viviente de ese cuerpo, esa euforia o merma, esa perfección es la 
condición de ser humano. El cuerpo se vuelve así condición para 
experimentar la concreción personal. 

De aquí que los Derechos Humanos comienzan proclamando la 
absolutez de la vida de la persona y la integridad de su ser en cuanto 

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Si digo derechos humanos 


humano. Sin esa integridad no se puede experimentar el mundo porque 
para ello necesitamos a todo el ser humano concentrado, participando: 
lo exterior y lo interior, el cuerpo y el espíritu, en una interacción y 
reciprocidad indispensables. 

Y hablar de integridad corporal implica tener en cuenta a la persona 
como existencia sexuada. La sexualidad es tan esencial que es impen¬ 
sable un ser humano neutro, asexuado. El sexo, como todo lo verdade¬ 
ramente personal, emerge como el descubrimiento de que se vive en 
medio de otros seres con su configuración propia, masculina o fe¬ 
menina. La diferencia sexual y los derechos inalienables de cada sexo se 
presentan como factor de identificación de sí mismos y como base para 
la reciprocidad más radical. De aquí la humanización del sexo. El 
derecho a la salud como exigencia ética. La aberración de la tortura y la 
mutilación. La responsabilidad en el manejo y la experimentación 
humana, genética, etc. Los problemas relativos a la eutanasia, el aborto, 
la manipulación bio-genética, el suicidio, etc. El sexismo, el racismo, etc. 
como mutilaciones de la integridad de la vida. 

Y así podríamos ir mostrando por segmentos las implicancias de esta 
dimensión en la concepción que tenemos de los derechos inalienables 
de la persona. Dejamos abierta esta “ventana”, asomados y asombrados 
de las dimensiones vitales que nos muestra y las consecuencias para la 
educación en los derechos de la persona a partir de la integridad de su 
vida como ser corporal. 


b) Integridad de la vida de la persona en cuanto 
ser social 

Vivir es convivir. Toda existencia humana es un acto de presencia. 
Toda persona necesariamente con-vive con sus semejantes. Aún para 



Luis Pérez Aguirre 


empezar a vivir necesitamos de los demás. La soledad total, el absoluto 
aislamiento son dos imposibles para el ser humano. El ser humano es 
social por definición. La presencia corporal y espiritual de los demás le 
construye, le configura. Sin sociedad el ser humano no sobrevive. 

Las relaciones entre sí para esa sobrevivencia se estructuran en el 
trabajo para el propio sustento de la vida. Y ese trabajo se articula en 
convenciones sociales, legales, técnicas, etc. para lograr el éxito de la 
tarea. La presencia que constituimos al vivir juntos unas personas con 
otras, y que nos envuelve como una atmósfera, está siempre calificada: 
es buena o mala, justa o injusta, respetuosa de la integridad de la vida y 
los derechos de cada uno o violadora de ellos, etc. La relación social 
puede ser creadora de un ambiente fecundo para la vida o puede 
envenenar y matar. Se vive respirando, inoculando un contexto social 
vital. Ese contexto social es como algo vivo: no está nunca estático, sino 
que tiene su historia, su “biología”, su “metabolismo”. Por eso vivir es 
existir en ese contexto social. La verdad humana de las relaciones 
sociales requiere atención a la justicia o injusticia que expresan. Y esa 
justicia está siempre referida a la integridad de la vida social, de los 
derechos y deberes sociales de las personas y de los pueblos en cuanto 
persona corporativa. 

Pero no basta con el descubrimiento del otro como un “tú”, ni con la 
manifestación del “yo” como identidad de mi persona. Es necesaria la 
aparición del “nosotros” para que exista la convivencia y la comunidad. 
Toda educación en derechos humanos deberá tener en cuenta esa 
prevalencia del “espíritu comunitario” en los diversos campos de rela¬ 
ciones sociales. Y no sólo entre las personas sino también entre los 
pueblos en cuanto cuerpos sociales. 

Los derechos humanos no se sitúan, contra lo que generalmente 
opina la gente, esencialmente en un nivel ideológico, de leyes, virtudes, 


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Si digo derechos humanos 


etc. Fundamentalmente son una praxis, relaciones reales entre perso¬ 
nas, camales, “infraestructurales” (si por ello se entiende lo económico, 
lo productivo, lo ligado a la vida, la sensibilidad, la corporalidad). Y en 
este sentido se debe atender a que las relaciones sociales no sean de 
dominación entre las personas en los procesos de producción de vida o 
de mantenimiento de ella. Deben ser de equidad, de justicia y bondad 
sin que una domine a la otra. Deben ser relaciones comunitarias entre los 
miembros de la sociedad, es decir, relaciones prácticas en justicia, en 
igualdad, sin dominación, en tanto asociados como seres libres. Por ello 
el producto del trabajo comunitario debe ser de todos. 

El campo social es el propio de los derechos económicos, políticos, 
sociales, culturales, etc. vinculados a la justicia exigida por la integridad 
de la vida de la persona en cuanto ser social. Esa justicia es quien deberá 
orientar siempre el cambio hacia una sociedad mejor, que integre las 
posibilidades humanizadoras de la vida de cada persona. Para ello se 
articulará prácticamente con la categoría de bien común, que constituye 
la configuración ideal de la realidad social. Y ello es así porque se define 
como el bien de las personas en cuanto que éstas están abiertas entre sí 
en la realización de un proyecto unificador que beneficia a todos. El bien 
común integra el bien personal y al mismo tiempo el proyecto social en 
la medida en que ellos forman una “unidad de convergencia”: la 
Comunidad. El bien común es el bien de la vida de la Comunidad. 

Los derechos humanos aparecen así como una formulación práctica 
e histórica progresiva, que recogen las experiencias básicas de la lucha 
por la integridad de la vida personal y social. Requieren tanto de un 
reconocimiento político como de una protección jurídica a fin de 
efectivizar su validez social. Pero en todo caso, siempre tendrán la 
función importante en la sociedad de ser un factor de crítica y utopía ante 
las condiciones sociales históricas. 


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Luis Pérez Aguirre 


c) Integridad de la vida del ser humano en cuanto 
inmerso en la creación 

Pensar en la persona humana y sus derechos en cuanto vinculados 
a la integridad de la vida implica plantearse el problema de sus recursos 
para la mantención en plenitud de esa vida. Surge el tema del uso de la 
creación y su integridad para beneficio y despliegue de la vida humana. 
Estamos ante el tema de la manipulación ecológica. 

El ser humano vive inmerso en un contexto ambiental desarrollado 
durante millones de años que tiene un delicadísimo equilibrio. La vida 
pende del respeto a ese equilibrio en el necesario uso de los recursos 
vitales. Nuestro planeta es parte del cosmos y en cuanto tal es algo 
maravillosamente complicado. Habitado por más de millón y medio de 
especies de plantas y animales viviendo juntos en un equilibrio más o 
menos estable en el que se usan de manera continua las mismas 
moléculas del suelo y del aire. Y todo cambio en este mecanismo 
complejo implica cierto riesgo que debe ser emprendido con la mayor 
responsabilidad previo estudio serio de los elementos en juego. 

Desde la antigua pachamama de los incas o la cuabtlicue de los 
aztecas, y aun la térra materde los romanos, la tierra siempre ha sido 
considerada por los pueblos como la madre de la vida, del alimento y de 
la fertilidad. Es el “suelo” donde se vive y “de donde” se vive. La tierra en 
su fecundidad natural origina materialmente esa riqueza fundamental, el 
“valor de uso” primordial. Sin esas cosas “naturales” el ser humano no 
podría sobrevivir ni realizar ningún trabajo para lograrlo. Al fin y al cabo, 
todo trabajo es trans-formación (cambiar la forma) de la materia parida 
por la tierra. 

La tierra es no sólo el paisaje de los seres humanos, sino el lugar 
donde comer, vestir, habitar... Toca nuestra piel y en ella hacemos 

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Si digo derechos humanos 


nuestra casa ioikía en griego; de donde se originaría: ecología). Es así 
como se origina la dialéctica persona-cosmos, el surgimiento de la 
creación como hábitat de la persona individuo-pueblo. De ella tomamos 
la madera, la que, por el descubrimiento del fuego, es calor, seguridad, 
luz. La hemos descubierto como caverna, como casa. La piedra como 
puerta, sus frutos como alimentos, los animales que llegamos un día a 
pastorear para reponer las proteínas o usar su piel como vestido. Tierra 
nutricia, acogedora, protectora, materna. Pero también destructible, 
aniquilable, manipulable... 

No es nueva la advertencia ante las catástrofes que el ser humano 
empieza a provocar en ella. Sus empresas industriales contaminan agua 
y aire. Los desechos de su producción con afán de lucro matan los peces 
y los vegetales de los mares, enrarecen la atmósfera con gases tóxicos, 
perforan la capa protectora de Ozono, aniquilan a los productores 
naturales de oxígeno (como los bosques y las algas marinas...). La 
extinción de los recursos para la vida no renovables, el aumento 
incesante de la contaminación ambiental, etc. nos van conduciendo 
inexorablemente a un colapso ecológico de magnitud incalculable que 
puede culminar en una venganza cósmica capaz de exterminar la 
especie humana de la superficie del planeta llamado Tierra. 

La lucha por los derechos humanos jamás podrá renunciar, si no 
quiere auto-invalidarse, a luchar por la integridad de la vida de la 
creación. Deberá militar contra las heridas mortales que se infrinjen a la 
Tierra, su biósfera, su atmósfera y sus aguas. 

Y no sólo deberá luchar contra las aberraciones ecológicas que 
ponen en peligro la vida de los humanos. Tendrá también que luchar por 
salvaguardar y elevar la calidad de vida de todos los seres vivientes. Esa 
lucha debe ser entendida como la autorealización plena del ser humano 
que despliega sus posibilidades en cuanto ser social inmerso en el 


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Luis Pérez Aguirre 


cosmos. Aunque no es una realidad medible cuantitativamente, existe 
un sistema equilibrado de indicadores que va más allá del mero desa¬ 
rrollo económico. Este, considerado aisladamente de los otros aspectos 
vitales, ha llevado a lo que un expresivo título de un libro de la UNESCO 
designaba en 1969: Estamos haciendo inhabitable el planeta. 

La toma de conciencia de este monumental problema nos puso de 
bruces ante un valor olvidado: la unidad de destino del “planeta azul”. 
Hemos comenzado a percibir una dimensión nueva y más radical de la 
que expresa la persona y su integridad y la vida de la sociedad y su 
integridad: la unidad cósmica que se asienta en los preciosísimos 
recursos no renovables, en los tesoros del aire y del agua, imprescindibles 
para la vida, en la limitada y frágil biosfera y el equilibrio delicadísimo 
entre todos los seres vivientes. 

Una expresión de esta nueva conciencia, del conocimiento de esta 
dimensión tan radical como las anteriores, se expresa en la “Declaración 
sobre el medio ambiente”, del Congreso Mundial délas Naciones Unidas 
(Estocolmo, 1972). Ella se abre proclamando que “El hombre es, a la vez, 
obra y artífice del medio que lo rodea, el cual le da el sustento material 
y le brinda la oportunidad de desarrollarse intelectual, moral, social y 
espiritualmente. En la larga y tortuosa evolución de la raza humana en 
este planeta se ha llegado a una etapa en que, gracias a la rápida 
aceleración de la ciencia y la tecnología, el hombre ha adquirido el poder 
de transformar, de innumerables maneras y en una escala sin preceden¬ 
tes, cuanto lo rodea. Los dos aspectos del medio humano, el natural y el 
artificial, son esenciales para el goce de los derechos humanos funda¬ 
mentales, incluso el derecho a la vida misma”. 

Desde esta nueva conciencia ecológica se critica un modelo de 
desarrollo (y su consecuente “derecho” establecido con la mentalidad 
de los ricos y poderosos) que es incapaz de producir riqueza sin producir 


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Si digo derechos humanos 


al mismo tiempo una brutal contaminación y degradación del medio 
ambiente. La violación de los derechos ecológicos tiene la misma raíz 
que la violación a los derechos de los pobres. La violencia que golpea la 
vida de los empobrecidos a través de la injusticia y la opresión tiene los 
mismos efectos de muerte que la violencia contra la naturaleza. La 
primera produce sufrimiento, injusticia y muerte, la segunda golpea 
directamente la biosfera, el ecosistema y crea mecanismos de degrada¬ 
ción ambiental que afectan la vida humana en el presente (deterioro de 
la calidad de la vida, enfermedades y muertes como consecuencia de la 
contaminación) y en el futuro en cuanto va destruyendo las posibili¬ 
dades de vida en el planeta (destrucción de la capa de ozono, “efecto 
invernadero”, etc.). 

Si en el caso de los derechos civiles y políticos podemos hablar en 
América Latina de genocidios y etnocidios, en caso de los nuevos 
derechos ecológicos podemos también hablar de ecocidio (destrucción 
de los ecosistemas), geocidio (devastación de la tierra) y biocidio 
(aniquilación de los sistemas de vida en el planeta). 

Llegamos así a una nueva conciencia en los derechos humanos: la 
conciencia de la especie. La generación humana actual se hace cargo 
(adquiere conciencia) de su responsabilidad ante la sobrevivencia o la 
desaparición de su propia especie sobre la Tierra. Y es una responsabili¬ 
dad planetaria que toca tanto al presente como al futuro. El filósofo 
alemán H. Jones propuso al respecto como principio o imperativo 
categórico de la nueva ética ecológica este principio: “Actúa siempre en 
forma que las consecuencias de tus acciones sean compatibles con la 
permanencia de la vida humana en la Tierra”. 

Los derechos de solidaridad, que no estaban contemplados en la 
Carta de las Naciones Unidas, además de la opción por los más pobres 
del despilfarro actual de las riquezas y la injusticia que ello conlleva, 


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Luis Pérez Aguirre 


implican la opción por las generaciones venideras, es decir, por aquellos 
hombres y mujeres y otros seres vivientes que en el futuro sufrirán las 
condiciones h uma nas o inhumanas como consecuencia de nuestros 
actos. El famoso mandamiento bíblico de “No matarás” (Ex:20,13), al 
que ya hemos aludido, debe ser mirado también como referido no sólo 
a los individuos y pueblos actualmente vivientes (o sobrevivientes) en 
este maltrecho Planeta Azul, sino también a las generaciones futuras que 
estarán indefectiblemente condicionadas por nuestra responsabilidad 
de evitar la destrucción y contaminación ambiental del mañana. 


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Sí digo derechos humanos 


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Luis PérezAguirre 


Derechos ecológicos 
y relaciones Norte-Sur 

No podemos dudar de que la crisis ecológica afecta tanto al Norte 
como al Sur. Pero no se debe aplicar a los países del Sur los análisis y las 
categorías ecológicas que se han elaborado en la cultura y la situación 
de los países ricos del Norte. Y esto por dos razones principales: a) 
porque la conciencia ecológica en el Norte expresa la experiencia de una 
crisis vivida en medio de un bienestar y de un consumismo orientados 
de manera individualista que no cuestiona la estructurada injusticia, b) 
porque no asume la situación de los pueblos del Sur, sus culturas, sus 
tradiciones históricas, que expresan el punto de vista de las enormes 
mayorías pobres y oprimidas del Planeta. 

En este sentido es explicable por qué los pueblos pobres del Sur 
adoptan una perspectiva que rechaza como un lujo trivial ese tipo de 
conciencia ecológica que se limita a la protección de especies de 
animales (delfines, osos, ballenas, etc.) o de plantas que están en peligro 
de extinción sin relacionar en absoluto esos hechos con la depredación 
de la vida humana en el Sur. Visto el problema desde el Sur es im¬ 
prescindible y urgente que se elabore una nueva conciencia y una nueva 
cultura ecológicas que no desvincule los conceptos ambientales del 

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Si digo derechos humanos 


contexto socio-político global, que no separe la ecología del imperativo 
de sobrevivencia de los pueblos pobres. 

Esta nueva concepción, surgida en el Sur, es quizás lo que pretendió 
encamar Chico Mendes y sus seringueiros cuando propuso una reforma 
agraria para la Amazonia como modo de producir alimentos y vida 
utilizando el bosque sin destruirlo. Estaba proponiendo la sobrevivencia 
de los pueblos amazónicos (cuestión político-social) salvaguardando la 
sobrevivencia de la naturaleza (cuestión ambiental) como aspectos 
inseparables de una misma realidad: la Vida. 

En América Latina es evidente que la destrucción de la tierra y el 
medio ambiente por parte de los conquistadores y los invasores, está 
íntimamente ligada a la destrucción vital (y no sólo económico-cultural) 
de los pueblos indígenas. Desde hace 500 años sufrimos en nuestro 
subcontinente una dominación que produce el cerrojo mortal entre 
etnocidio y ecocidio. 

Si bien es claro que han sido incontables los grupos sociales golpeados 
por el saqueo de nuestras riquezas y lo que se ha llamado 
eufemísticamente la crisis económica y las políticas de ajuste, llevadas 
a cabo por los gobiernos latinoamericanos bajo el auspicio de la 
comunidad financiera internacional, nadie duda que los más vulne¬ 
rables han sido desde siempre los pueblos indígenas. Más de 400 
pueblos indígenas, sumando alrededor de 30 millones de habitantes, 
han sufrido el despojo, la discriminación, la pérdida de sus tierras y toda 
suerte de explotación económica y violaciones masivas a sus derechos 
humanos. Durante siglos han enfrentado el etnocidio y el ecocidio con 
una resistencia activa y pasiva tenaz y sin parangón. 

En estos mismos momentos siguen siendo víctimas impresionantes 
de las políticas de un “desarrollo” que los mantiene en una especie de 

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Luis Pérez Aguirre 


estado de sitio permanente, no sólo en la cuenca amazónica sino 
también en Mesoamérica y en el altiplano andino. Sus bosques siguen 
siendo quemados, sus ríos van siendo contaminados cada vez más, se les 
despoja de manera piratesca de sus tierras de subsistencia para explo¬ 
tación de las transnacionales o para criar ganado con el objeto de 
alimentar los restaurantes fast food del mundo rico del norte. Las 
entrañas de sus montañas son vaciadas de sus riquezas sin beneficio para 
ellos y día a día se les empuja a los lugares más inhóspitos de la selva o 
la montaña con el falaz argumento de un “desarrollo”que no les contem¬ 
pla ni les beneficia. 

Es así que el problema de los derechos indígenas se tomó en objeto 
de grandes debates en nuestra América Latina y está conduciendo a 
cambios constitucionales, incluso ha sido llevado al ámbito de las 
Naciones Unidas y de otras organizaciones internacionales. Pero esta¬ 
mos muy lejos todavía de garantizarlos en la realidad. La conexión entre 
los derechos al medio ambiente y al desarrollo en las relaciones Norte/ 
Sur nos está obligando a un profundo cambio para que posibilitemos el 
surgimiento de una nueva concepción de la cooperación y la solidaridad 
entre los pueblos ricos del Norte y los empobrecidos del Sur. 

Esto implica que los proyectos de ayuda a los países del Sur no sean 
elaborados e impuestos desde arriba, es decir, elaborados y efecti- 
vizados solamente por y desde los grupos u organizaciones del Norte. 
Tampoco es saludable que los pueblos del Sur se “mimeticen” con el 
desarrollo del Norte y todas las consecuencias que ya conocemos. Ello 
significaría despojarse de los propios valores culturales, estilos de vida 
y tradiciones. Lo que se necesita es una nueva actitud de solidaridad y 
de diálogo entre todos para construir en común un nuevo proyecto que 
tenga en cuenta esa inevitable conexión entre medio ambiente y 
salvaguarda de la vida de los pobres. 


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Si digo derechos humanos 


La conexión entre derechos económicosy derechos ecológicos debe 
ser un criterio conductor básico en el diálogo Norte/Sur. Claro que ello 
supone cambios profundos en el modo de vivir en ambos hemisferios, 
cambios en las costumbres domésticas y cotidianas, en la manera de 
producir, de intercambiar, de distribuir, de consumir.. .porque se trata, ni 
más ni menos, de modificar o frenar el modelo industrial de desarrollo 
nacido en el Norte y actualmente imperante, que es la fuente de los 
etnocidios y los ecocidios que afectan al Norte como al Sur aunque de 
diferente forma y con diferentes costos sociales. 


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Luis Pérez Aguirre 


“¡Las mujeres son los negros 
del mundo!” 


¿Y si Dios fuese mujer? Así rezaba un muro de la ciudad de Toronto, 
donde yo estudiaba teología en los años 60, mientras avanzaba por la 
principal avenida una manifestación de mujeres portando un “pasaca¬ 
lles” que decía God is She(D ios es ella). En esos mismos días, poco antes 
de ser asesinado —y en uno de sus discursos memorables que ya son 
tesoro de la humanidad—, Martin Luther King contaba uno de sus 
sueños a la multitud: Yhad a dream. .. hermanos, Dios es negro!. Y la voz 
de otro asesinado, que hoy hubiese tenido exactamente cincuenta años, 
y que es patrimonio de todos, la dejohn Lennon, decía armoniosamente: 
“¡Las mujeres son los negros del mundo!”. 

Esta rebeldía no significaba el comienzo de una discriminación. Ella 
era y es inmemorial, antigua como la memoria de la humanidad que 
tenemos. Y porque está ligada a esos orígenes, ella nos parece natural, 
inevitable y para algunos, necesaria. Lo menos que podemos decir es 
que si Dios fuese mujer tendríamos que buscar su teología en otra 
religión que no fuese ni occidental ni cristiana. La misoginia es compar¬ 
tida por todas las civilizaciones que llegan hasta nosotros. Podemos 
decir que en nuestra tradición judeo-cristiana , entre los versículos del 


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Si digo derechos humanos 


Génesis subyace de manera oculta una suerte de tradición mesopotá- 
mica, la de Tiamat, la hembra informe, oscura y amenazadora, que fue 
furiosamente combatida por Marduck. Y a pesar del posterior mo¬ 
noteísmo invocado en la tradición, la figura de Marduck se “sobreim¬ 
primió” a la de Yahvé. Y Dios será varón. 

También los antiguos mitos griegos narran la lucha entre dioses, 
cuando las poderosas deidades femeninas fueron paulatina e irremedia¬ 
blemente suplantadas por regímenes uranianos y olímpicos cada vez 
más masculinos. Lleva plena razón Paula Landes al afirmar que “Some¬ 
terse a la guía de la religión tradicional es sujetarse a una especie de 
violación espiritual; rechazarla es ser presa de una poderosa 
soledad " <10) . 


La mujer historia y la historia de sus derechos 
violados 

Pero un primer acto de justicia es reconocer que si el hombre ha 
escrito la historia, la mujer es historia. En su hermoso libro El mundo de 
los Mayas, el antropólogo alemán Víctor Van Hagen dice que “los 
hombres hacen la historia, pero las mujeres son la historia. Las mujeres 
mayas conocían muy bien que su calendario litúrgico estaba basado en 
su ciclo menstrual; su propio cuerpo era un verdadero calendario. Era la 
vida, era la historia” <u> . 


u0) Citado por Elizabeth Badinter en L’un est l’autre, Edit. Odile Jacob, París 1986 
(11J Citado por Julia Esquivel en Peace Spirituality in the Third World. Search- 
ing for a Spirituality for peacemakers, Pax Christi International, Antwer- 
pen, 1988, p. 58. 


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Luis Pérez Aguirre 


A pocos pasos de entrar en el tercer milenio no podemos menos que 
advertir que las relaciones milenarias entre los hombres y las mujeres 
comienzan a sacudirse. Nuestra época aporta dos revoluciones consta¬ 
tabas a simple vista. La primera tiene que ver con la reciente conquista 
del control de la fecundidad por el control químico (vía la píldora), que 
transfiere hacia la mujer poderes masculinos ancestrales al interior de la 
pareja. Y la segunda revolución se vincula al resquebrajamiento del 
patriarcado. Uno y otro acontecimientos ya están modificando sustan¬ 
cialmente el control del territorio que desde tiempo inmemorial se 
atribuyó a la autoridad masculina. Estas dos revoluciones van cam¬ 
biando lenta pero sin pausa el paisaje social. 

Es la globalidad de las relaciones hombre-mujer la que que está en 
plena mutación. Desde el primitivo estadio de macho-hembra de los 
albores de la humanidad hace 35 mil años, hasta las incertidumbres de 
hoy. 

En los comienzos de la democracia ateniense, la mujer ya ha perdido 
hace tiempo sus poderes. Y ello seguirá así durante dos mil años. 
Notemos de pasada que esta nueva explicación del patriarcado nos dice 
que él no representa más que un momento de la historia, limitado en el 
tiempo, y no la estructura familiar original, consecuencia de una especie 
de superioridad natural de un sexo sobre el otro, como dice todavía una 
famosa tesis de Claude Lévi-Strauss. Para él la mujer fue, desde el origen, 
un objeto de intercambio que permitía garantizar la paz entre los grupos. 
De ahí la prohibición del incesto, necesaria para alimentar ese “mer¬ 
cado”. Y como consecuencia afirmaba que el varón es el pilar “natural” 
de la organización social. 

En todo caso, el predominio del varón se ejerce a partir de la 
aparición del patriarcado hasta su época de oro. La separación entre lo 
masculino y lo femenino es total; se atribuye el nombre del padre a la 

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Si digo derechos humanos 


familia; la autoridad está en el varón; la herencia es por vía masculina: 
el derecho y las costumbres consagran la superioridad masculina. Y esa 
superioridad sigue vigente aún con el advenimiento de la revolución 
francesa. Ella atacó un sistema que casó a la política con la teología. 
Arriba estaba el rey, padre de los súbditos, con autoridad venida de Dios. 
Abajo las familias dominadas por el varón. Esta construcción que se 
derrumba en la plaza de la Concorde donde se levantó la guillotina para 
tumbar el poder divino y el poder paternal junto con la cabeza del 
soberano y al mismo tiempo elevar la libertad y la igualdad. Pero en la 
práctica se olvidaron vergonzosamente de las mujeres. 

La democracia representativa, que se instauró alrededor de los siglos 
XVII y XVIII negaba sistemáticamente el derecho al voto de las mujeres. 
Recién en 1893 Nueva Zelandia reconoce por primera vez en el mundo, 
ese derecho a las mujeres. A partir de ese acontecimiento, en otros países 
las mujeres se organizaron para luchar e ir logrando ese derecho. 
Después de la Segunda Guerra Mundial, en 1945 sólo 51 Estados 
Miembros de las Naciones Unidas lo reconocían. En 1975 ya eran 124. 

Tenemos que llegar hasta nuestros días para ver a nivel planetario un 
nuevo interés, aunque no traducido en la práctica de los pueblos, para 
promover los derechos y la dignidad de la mujer. Las Naciones Unidas 
empezaron a sensibilizar sobre la situación de la mujer, como lo estipula 
la Carta y la Declaración Universal de los derechos humanos. La mayor 
parte de ese trabajo incumbía a la Comisión para la condición de la 
mujer. Desde que fue creada en 1946 se ha dedicado con éxito a la 
redacción de principios formulados en proyectos de convención que 
luego fueron adoptados por la Asamblea General. Estos principios se 
aplican en los cuatro sectores más cruciales de la desigualdad y la 
discriminación, es decir: la educación, el empleo, el derecho civil y 
religioso y las instancias de decisión. Varios órganos del sistema de las 
NN.UU. han contribuido en la promoción de los derechos de la mujer. 

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Luis Pérez Aguirre 


La OIT y la UNESCO participaron activamente en Convenciones Inter¬ 
nacionales contra la discriminación en el campo de la educación y el 
trabajo. 

Fruto de todo este proceso fue la aprobación de la Convención sobre 
la eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer ¡ 
aprobada por la Asamblea General el 18 de diciembre de 1979- Unos 100 
Estados Partes la han ratificado. Si bien la aprobación de esta Con¬ 
vención y su ratificación el 3 de diciembre de 1981 establece formas 
jurídicas obligatorias, muchas organizaciones feministas a través del 
mundo protestaron en estos años por la poca difusión y la escasa 
aplicación de la Convención. Incluso se ha constituido un proyecto de 
colaboración internacional llamado Vigilancia Activa de los Derechos 
Internacionales de la Mujer (1WRAW) para impulsar el cumplimiento de 
la Convención porque se comprueba que estamos aún lejos de que el 
derecho de la mujer sea aceptado. La desigualdad y la opresión que sufre 
la mujer sigue siendo de raigambre muy profunda y sigue compro¬ 
metiendo a toda la humanidad y a todas las culturas existentes en el 
planeta. Tiene que ver con el funcionamiento general del sistema y con 
la organización patriarcal de la sociedad. La mujer “invisible” sigue 
siendo reproductora cotidiana, doméstica y generacional de la fuerza de 
trabajo y de su socialización. Este hecho permite la liberación de la mano 
de obra masculina para conducirla y explotarla en el aparato 
productivo. 

Más aún, la ideología actual de la familia tiende a exclusivizar la 
índole erótica del afecto en el sentido de reforzar la estructuración 
posesiva típica del dominio patriarcal. Por ello la afectividad y la 
sexualidad se conforman en el seno de la familia patriarcal y tienden a 
reproducirla indefinidamente. El amor se vuelve entonces ideología 
patriarcal, internalizado a los más profundos niveles y convertido en 
compulsión y mitos primordiales. 


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Si digo derechos humanos 


En brevísima síntesis, tenemos que el ideal de “amor” que todavía 
concebimos y que simboliza todos los anhelos y necesidades de la 
afectividad individual para conjurar el miedo a la muerte y a la soledad, 
es consecuencia y factor perpetuador de la familia nuclear-patriarcal, 
que a su vez perpetúa una sociedad basada en la explotación y la 
competencia desigual. 

Ese poder masculino manifiesto tiene su contrapartida en un poder 
femenino invisible que invade, deforma y entrega al miedo a la afec¬ 
tividad. Y esto hace terrible su condición, de la misma manera que 
recíprocamente el horror de la condición masculina se encuentra no sólo 
en el hecho que resulta invisible y miserable para los varones, sino en 
que los obliga a oprimir a la mujer. 

¿Qué clase de “femineidad” será entonces la que tenga que transfor¬ 
mar en mentiras el reservorio más entrañable de la vida que es la 
capacidad de amar y autoestimarse?. ¿Qué hacer ante una femineidad 
que incuba la debilidad no sólo como condición de realización sino 
también como autodefensa, como trampa, que implica “derechos” muy 
cuestionables tales como el monopolio de la exteriorización de la 
ternura y la licencia para utilizarla con fines nada amorosos que la 
manipulan para cobrar dividendos?. 

Está claro que el patriarcado es la estructura social basada en la 
propiedad y posesión de la mujer, en la que ésta adquiere no derechos 
sino obligaciones concretas y funciones subordinadas al varón. Y está 
claro también que el capitalismo es una forma particular de organización 
social que ha heredado, haciéndolos suyos, todos los seudo-valores de 
la cultura patriarcal, a los que considera como perfectamente funcio¬ 
nales (para el varón). 


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Luis Pérez Aguirre 


La feminización de la pobreza 

El resultado es que hemos llegado a la feminización de la pobreza. 
La mujer es el “sexo pobre”. No es ninguna demagogia revelar cómo la 
pobreza afecta a la mujer y que entre los pobres la mayoría son mujeres. 
Revelar la pobreza de la mujer y la feminización de la pobreza como un 
fenómeno universal es esclarecer agudamente cómo el triunfo de los 
sistemas de dominación (capitalistas neo-liberales) a nivel económico e 
ideológico crean y mantienen estructuras que perjudican primero a las 
mujeres y los niños. Recientes estudios de las NN.UU. revelan que a nivel 
mundial las mujeres: 


• son el 52% de la población mundial 

• siembran más de la mitad de los alimentos en el mundo 

• representan el 35% de la fuerza de trabajo remunerado 

• realizan el 60% de las horas trabajadas 

• reciben solamente el 10% de los ingresos 

• poseen sólo el 1% de la propiedad. 

La feminización de la pobreza muestra que las mujeres han sido las 
marginadas entre los marginados. El “peón invisiblé' como ha deno¬ 
minado a la mujer campesina la economista inglesa Ingrid Palmer. En 
América Latina es la mujer quien carga con el peso de la responsabilidad 
de asegurar que los hijos reciban de acuerdo a las necesidades básicas. 
Ella hace posible la supervivencia humana. La mujer gasta más energía 
que el hombre en la batalla por la supervivencia ya que su trabajo es de 
un promedio de 14 a 16 horas diarias cuando trabaja fuera del hogar para 
suplementar el sueldo del marido. Además realiza dos jomadas diarias, 
puesto que las tareas domésticas y el cuidado de los niños es obligato¬ 
riamente un “trabajo femenino” no remunerado. A esto hay que agregar 


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Si digo derechos humanos 


también el mayor porcentaje de mujeres de la “Tercera Edad” como otro 
factor que muestra el aumento de mujeres pobres. El sistema capitalista 
viene entonces a reforzar el sexismo de las sociedades patriarcales que 
mantienen a las mujeres en situación de explotación y discriminación. 
Y otro factor de opresión se suma en forma de triángulo inquebrantable 
para la subordinación femenina: el racismo, la discriminación por raza, 
grupo étnico y nacionalidad. La mujer mestiza, negra, india, conoce 
todas las barreras discriminatorias. 

Por mucho tiempo el acceso al conocimiento estuvo prácticamente 
vedado y prohibido para las mujeres. Las pocas que aprendían a leer sólo 
tenían acceso a los novenarios o vidas de santos y sus actividades se 
limitaban al bordado, la cocina y el cuidado de los hijos y la casa. Aún 
actualmente, de cada 100 mujeres, 84 son analfabetas en Africa, 57 en 
Asia, 27 en América Latina, 5 en Europa y URSS y 2 en América del Norte. 

A esto hay que agregar que la cultura imperante es de hombres 
compulsivamente masculinos. Son las cualidades masculinas las que 
dominan nuestra política, ciencia, tecnología, cultura, etc. que de no 
poder ser compensadas en una verdadera reciprocidad con las cuali¬ 
dades femeninas, resultará en algo absolutamente letal para la huma¬ 
nidad. 

¿Es posible imaginar una tecnología que dignifique lo femenino de 
la personalidad humana? ¿Una tecnología que trabaje a favor de la 
naturaleza y que no trate de dominarla? ¿O un sentido de la seguridad 
que no haya nacido de la dominación del mundo, sino de la confianza, 
de la amistad y del cariño?. Es imperioso que la mujer plantee como 
problema algo que está más allá de las posiciones puramente políticas, 
económicas y técnicas. Que plantee la urgencia de dignificar aquellos 
elementos de la personalidad humana que siempre han sido etiquetados 
y denigrados como “femeninos” y que luego han sido suprimidos. 

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Luis Pérez Aguirre 


Descartes con su Cogito ergo sum (“pienso, luego existo”) influyó 
hasta hoy la identidad de la mente racional. Encerrados en nuestra 
mente, sostiene Capra, hemos olvidado cómo pensar con nuestros 
cuerpos, cómo servimos de ellos para llegar al conocimiento. Hemos 
separado la mente de la materia y así se llegó a la idea de un universo 
mecánico, integrado por objetos aislados. 

Y esa mentalidad cartesiana de la naturaleza influyó en la manera de 
cómo abordamos la femineidad y el medio ambiente, entendidos como 
constituidos por partes separadas, sujetas a la manipulación y explo¬ 
tación sin tener en cuenta su equilibrio y armonía. La explotación de la 
naturaleza y de la mujer se realizaron paralelamente, al amparo del 
sistema patriarcal que veía a ambos como seres pasivos, sometidos al 
hombre. La concepción newtoniana de la ciencia reforzó ese meca¬ 
nismo de explotación de la naturaleza y manipulación conjunta de la 
mujer y el cosmos. 

Es necesario desembocar en lo que Capra define como una “ecología 
profunda” <12) , enraizada en una nueva percepción de la realidad, que va 
más allá de la estructura científica, que llegue a un nuevo conocimiento 
y sabiduría intuitiva de la realidad, de la unidad de la vida y de sus 
múltiples ciclos de cambio. 

Así va emergiendo una nueva conciencia con la que la persona se 
siente vinculada a la totalidad del cosmos. 

Esa nueva conciencia ecológica aparece como verdaderamente 
espiritual y entronca con las grandes manifestaciones místicas que pasan 
por Heráclito y San Francisco de Asís. 


(1Z) CAPRA, Fritjof, The tuming point, Simon&Shuster, New York, 1982. 

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Sí digo derechos humanos 


Lo femenino enjaulado y violado 

Y el otro polo del problema, junto al de la justicia y los derechos 
igualitarios, es el de la identidad femenina. Es la posibilidad de salir de 
su confinamiento, de su universo “privado” marcado por el ritmo de la 
reproducción y aspirar a la condición de “ser humano” y “persona”. La 
identidad femenina se funda en lo que constituye la experiencia de la 
mujer, en la especificidad de su psiquis y de su cuerpo sexuados en 
relación recíproca con el varón y la naturaleza. 

El cuerpo de la mujer sigue representando un punto central de la 
cuestión femenina: el cuerpo con el que se identifica a la mujer en su 
diversidad natural respecto del varón y que pasa por una suerte de 
prisión natural y cultural. Ese cuerpo representa a los ojos de la mujer y 
del varón realidades tales como la de la maternidad, contracepción, 
aborto, sexualidad, lesbianismo, violación y estupro. Son problemas de 
un cuerpo enjaulado que no puede liberarse de su prisión y que impide 
a la mujer expresarse y ser reconocida como persona. Es la mujer objeto, 
producto para el lucro junto a los escaparates de la cosmética, el 
marketing, la trata de blancas y la prostitución. 

Más allá de la diversidad natural del cuerpo de la mujer, y que la lucha 
por la liberación de la mujer pase por su cuerpo enjaulado, el acceso a 
ser persona pasa por la toma de conciencia de que el sólo haber sido 
creada para una función específica es, en la cultura patriarcal, sinónimo 
de inferioridad, de desigualdad y de dependencia. Se debe deslindarla 
identificación total entre cuerpo femenino y función social de la mujer. 
La liberación debe atravesar el cuerpo femenino para llegar a proponer 
un nuevo concepto de él y una nueva imagen social que sea nacida de 
la ruptura con la identificación social patriarcal. Simone de Beauvoir 
decía en su célebre libro Le Dewciéme Sexe que “la feminidad basada en 


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Luis Pérez Aguirre 


factores anatómicos y biofisiológicos es mitología cristiana, romanti¬ 
cismo ingenuo o preconcepto social”. Más allá de la parcialidad de esta 
afirmación, debemos reconocer su fundamento de verdad y concluir 
que lo que hace que la mujer sea tal no son factores accidentales, como 
sus órganos genitales, sino algo mucho más radical. La femineidad se 
constituye por un existencial de la realidad humana, pertenece a la 
esencia histórica y permanente de lo humano, corresponde a un modo 
de ser en el mundo. En este sentido debemos decir que el nivel 
ontológicodel sexo (más profundo y vasto que el genital) nos indica que 
la mujer es siempre un ser necesario para el hombre y viceversa. Es un 
tú personal necesario para la completa hominización. Podemos hablar 
entonces de una reciprocidad fundamental entre lo masculino y lo 
femenino. Están en una relación dialogal profunda y enriquecedora. Por 
eso toda mujer posee su carga de animus (masculinidad) y el hombre 
su dimensión de anima (femineidad) que a ambos invade en toda la 
dimensión de su realidad intracelular. 

Entonces masculino no es sinónimo de varón, ya que hay mas¬ 
culinidad fuera del varón, o sea, en la mujer. Y femenino no es lo mismo 
que mujer, ya que hay femineidad en el varón. Estamos aquí ante una 
observación de vital importancia porque de ella se deducen consecuen¬ 
cias esenciales para la relación entre el varón y la mujer. Lo menos que 
podemos hacer es advertir de aquí en más que la nefasta identificación 
masculino-varón y femenino-mujer ha traído consigo todas las discri¬ 
minaciones arriba mencionadas y la distorsión actual en la comprensión 
de las relaciones de complementariedad entre el varón y la mujer. 
Aunque diferentes, lo masculino y lo femenino se interpenetran; cada 
ser humano es simultáneamente masculino y femenino en una densidad 
y proporción propia de cada uno. 

Si ser humano significa masculinidad y femineidad como modos 
diversos de ser en el mundo, no existe ninguna dependencia de 

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Si digo derechos humanos 


inferioridad o de superioridad entre ambos. Tampoco se puede hablar 
de complementariedad como si uno de ellos estuviese incompleto. Lo 
que existe entre el varón y la mujer es reciprocidad. Y por esa recipro- 
cidadyese mirarse en el otro se llega a la plenitud masculina ofemenina. 
Y cuanto más cada uno es el o ella misma, tanto más recíprocos podrán 
ser. Es en este intercambio vivencial de mutuo dar y recibir lo específico 
de uno y otro como maduran y van asumiendo sus propias característi¬ 
cas. La reciprocidad es algo mucho más vasto que las relaciones 
sexuales-genitaies propias de la pareja. La reciprocidad sexual lleva en 
sí el respeto al aspecto ontológico de la sexualidad humana. Lo mas¬ 
culino y lo femenino se expresan en una dimensión mucho más amplia 
que la genital. El ejercicio de la genitalidad es sólo una de las formas en 
que se manifiesta la sexualidad humana. 

Es obvio que percibimos la diferencia varón-mujer y ella puede ser 
objeto de análisis. Pero esta diferencia nos remitirá siempre a una unidad 
de fondo que es el ser humano que no se deja captar directamente sino 
a través de esas mismas diferencias. Es imperativo que la mujer cobre 
conciencia de su femineidad reprimida por el tutelaje masculino y 
decida aparecer como un “lugar diferenciado”. La mujer no es un 
hombre parcial. Hasta hoy se la ha considerado como una desviación 
abstracta de la categoría universal de ser humano, que no es otra cosa 
que una proyección del varón. En cualquier caso, a la mujer se le ha 
definido siempre exclusivamente en función de su relación con los 
hombres y de allí fluyen todos los estereotipos femeninos. Para supe¬ 
rarlos es necesario definir de nuevo lo femenino, no en términos de 
desviación o de negación de la norma masculina, sino como forma 
recíproca de respuesta a la vida, tanto la de la naturaleza como la del 
varón. 

El paso de lo que podríamos definir con una truculencia del lenguaje 
como “hembra humana” a “mujer” no se debe entender como una 

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Luis Pérez Aguirre 


sucesión cronológica, sino como una variación posible dentro de la 
realidad humana. La distinción entre “hembra” y “mujer" radica en que 
se nace hembra y se llega a ser mujer. El ser mujer pertenece al ámbito 
de la historia. No se nace mujer, sino que la mujer se hace...(socio- 
culturalmente). En este sentido el ser mujer pertenece no sólo al 
universo psico-ñsico, sino también al universo socio-cultural. Es cono¬ 
cido que los estudios de antropología cultural, al poner de manifiesto el 
carácter relativo de las formas culturales femeninas, han resaltado la 
condición histórica de la mujer. Lo mismo están haciendo los actuales 
estudios de crítica histórica y social sobre la condición femenina. 

Se debe advertir que una concepción típica de nuestra cultura 
occidental contemporánea fragmentó la concepción de naturaleza con 
dualismos y dicotomías entre persona y naturaleza, entre hombre y 
mujer. Por el contrario, las cosmologías de nuestros ancestros hacían de 
la dualidad una unidad de complementos inseparables entre sí. La 
creación llevaba para ellos el signo de una unidad dialéctica, de diver¬ 
sidad dentro de un principio unificador. Y esa armonía dialéctica entre 
los principios masculino y femenino, entre naturaleza y persona, se 
transformaba en la base del pensamiento y la acción. Al no haber 
dualidad conceptual entre hombre y naturaleza y porque la naturaleza 
sustenta la vida, ésta había sido siempre tratada como integral e invio¬ 
lable. Ese concepto era diario y regía la vida cotidiana. 


La mujer ecológica y sus derechos 

La explotación de la naturaleza se realiza desde antaño paralelamente 
a la explotación de la mujer. El sistema patriarcal ha amparado un 
movimiento de travestización de la naturaleza benévola en pasividad, 
mientras que la visión de una naturaleza salvaje y peligrosa dio origen 
a la idea de que ésta debía ser controlada por el varón. Al mismo tiempo. 


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Si digo derechos humanos 


en el mismo acto de travestización, se retrataba a la mujer como un ser 
pasivo y sometido al hombre. La ancestral relación de la mujer y la 
naturaleza enlaza de este modo la historia de ambas y es el origen del 
actual parentesco natural del feminismo y la ecología que se vuelve cada 
día más esencial. 

La ruptura que nuestra cultura ha hecho entre hombre y naturaleza, 
entre varón y mujer y su concepto de explotación de los recursos, es 
característica de resabios cartesianos, que han desplazado otras con¬ 
cepciones de la creación y crearon un paradigma de “desarrollo” que 
mutila simultáneamente a la naturaleza y a la mujer. Es así que una 
ontología dicotomisada del varón que domina a la mu jer y a la naturaleza 
genera un concepto equivocado de desarrollo que tiene incalculables 
consecuencias en la práctica. De hecho convierte al macho colonizador 
en agente y modelo del seudo-desarrollo actual. 

La realidad vista desde “el reverso de la historia”, desde la mujer 
pobre y el explotado nos muestra cómo las vías ecológicas de aproxi¬ 
marse a la naturaleza eran eminentemente participativas. La naturaleza 
misma era la fuente de vida a respetar y la mujer, como agricultora, 
cuidadora de selvas y bosques y administradora de los recursos hídricos 
era la científica natural. Su conocimiento doméstico era ecológico y 
plural. El símbolo de la Terra Mater, la tierra como la “Gran Madre”, 
creadora y protectora de la vida, ha sido una experiencia compartida a 
través del tiempo y las culturas. 

La mutación conceptual de Mater a “materia”, aunque apareciera 
como un cambio progresista desde concepciones supersticiosas a otras 
más racionales, debe sin embargo ser considerado, desde una genuina 
concepción de la naturaleza y de la mujer, como un cambio regresivo y 
violento. Produjo la crisis ecológica y la muerte del principio femenino 
en el proceso diario de supervivencia y sustento. A la violación de la 


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Luis Pérez Aguirre 


naturaleza se ligó la violación y marginalización de la mujer, productora 
y reproductora de vida, no sólo en su realidad biológica sino también en 
su papel social de proveer sustento y sentido. Este drama de violencia 
y explotación de los recursos limitados de la naturaleza exige que sea 
recuperado el principio femenino y se vuelva esencial para la liberación 
no sólode la mujer y la naturaleza, sino también de la sociedad patriarcal 
que es esencialmente depredadora y retrógrada. 

No es nueva esta advertencia ante las catástrofes ecológicas que esa 
sociedad patriarcal empieza a provocar en el Planeta. Sus empresas 
industriales contaminan agua y aire. Los desechos de su producción con 
afán de lucro matan los peces y los vegetales de los mares, enrarecen la 
atmósfera con gases tóxicos, perforan la capa protectora de Ozono, 
aniquilan a los productores naturales de oxígeno (como los bosques y 
las algas marinas...). 

Un nuevo léxico de la vida cotidiana nos está advirtiendo sobre la 
conciencia emergente de un drama en curso: contaminación de las 
napas freáticas, efecto de invernadero, residuos tóxicos, lluvias ácidas, 
destrucción del ozono estratosférico, mareas negras... Todos son térmi¬ 
nos que hace pocos años eran desconocidos. Son producto de una 
naciente angustia planetaria. La extinción de los recursos para la vida no 
renovables, el aumento incesante de la contaminación ambiental, nos va 
conduciendo inexorablemente a un colapso ecológico de magnitud 
incalculable que puede culminar en una venganza cósmica capaz de 
exterminar la especie humana de la superficie del planeta llamado 
Tierra. 

La militancia por los derechos de la mujer y del pobre jamás podrá 
renunciar, si no quiere auto-invalidarse, a luchar por la integridad de la 
vida de la creación. Deberá militar contra las heridas mortales que se 
infrinjen a la mujer a la tierra, su biosfera, su atmósfera y sus aguas. 


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Si digo derechos humanos 


El varón y la mujer no sólo deberán luchar en contra de las aberra¬ 
ciones ecológicas que ponen en peligro la vida de los humanos. Tendrán 
también que luchar por salvaguardar y elevar la calidad de vida de los 
mismos. Esa lucha debe ser entendida como la autorealización plena del 
ser humano que despliega sus posibilidades en cuanto ser social in¬ 
merso en el cosmos. Aunque no es una realidad medible cuantitativa¬ 
mente, existe un sistema equilibrado de indicadores que va más allá del 
mero desarrollo económico. Este, considerado aisladamente de los otros 
aspectos vitales, ha llevado a que el Planeta sea cada vez menos 
habitable. 


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Luis Pérez Aguirre 


Conclusión 

Vemos que si bien el camino recorrido por la conciencia de la 
humanidad en el campo de los derechos humanos ha sido largo y 
tortuoso, mucho más es lo que queda aún por recorrer y corregir. Más 
aún, es imprescindible cambiar la visión que tenemos de esos derechos 
en la medida que no parte desde los derechos de los no-persona, de los 
empobrecidos. Y habrá que ir integrando a esa conciencia universal, 
expresada en Declaraciones, Convenciones y Códigos, todo aquello de 
lo que todavía adolece. Más aún, habrá que luchar incansablemente para 
que lo que ya ha sido aceptado como derecho humano, de los pueblos 
y ecológicos, pase del papel a la realidad. 

Falta mucho todavía. Para dar un solo ejemplo del monumental 
desafío que tenemos por delante, la reciente Convención sobre los 
derechos del niño comienza “reconociendo que el niño, para el pleno 
y armonioso desarrollo de su personalidad, debe crecer en el seno de la 
familia, en un ambiente de felicidad, amor y comprensión...” Se reco¬ 
noce por primera vez que el niño tiene necesidad de ser amado para 
desarrollarse como ser humano!. Es decir, se insinúa una posible 
declaración del derecho humano al amor... ¡La Declaración Universal 
no lo había contemplado!. Y yo me pregunto si es solamente el niño 
quien tiene derecho al amor. ¿Y los adultos? No será que cualquier ser 
humano en cuanto tal, y para permanecer humano, tiene ese elemental 
derecho a ser amado y a amar a sus semejantes y al entorno viviente que 
le posibilita existir? 


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E 


N LA ANTIGÜEDAD, los griegos llamaban a 
sus esclavos apropos, es decir, aquél que uno no ve, el 
sin rostro, la no persona. Sobre seres como esos parte 
la meditación de LUIS PEREZ AGUIRRE (“Perico”), 
sacerdote jesuíta, en los 10 años del Servicio Paz y 
Justicia-Uruguay, del que fuera fundador. 


“En la actual coyuntura hay un vacío, un agujero 
negro, como estrellas extinguidas cuyas radiaciones 
continúan aún llegando, que nos desafía desde la 
no-persona, a encontrar la inspiración que nos es 
necesaria para franquear el muro contra el que nos 
tropezamos para garantizar la justicia a los huérfanos 
de derechos humanos. Pero hablar de derechos humanos 
no es cuestión de discurso teórico. Es antes que nada un 
estilo de vida, una manera de ser ante el azote, el más 
devastador y el más humillante que es la situación de 
pobreza inhumana en la que viven millones en América 
Latina ”, 


Estos postulados llevan al autor a adoptar una visión de 
los derechos humanos apartada de la doctrina tradicional 
y también de las posiciones progresistas de Europa y 
América del Norte. Una nueva visión que sea universal 
y no sectorial o exótica. 



SERVICIO PAZ Y JUSTICIA 

URUGUAY